Yo soy el buen pastor

Pintura del Buen Pastor en la iglesia de la Natividad de Belén
Pintura del Buen Pastor en la iglesia de la Natividad de Belén

Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús “al partir el pan”. Pero ¿quién es este Jesús? Una pregunta siempre subyacente en nuestra vida de fe y que debe darse una respuesta vital cada día. En este tiempo pascual sobremanera hemos de buscar respuesta satisfactoria a esa pregunta. La Palabra de Dios de hoy nos sale al encuentro dándonos las respuestas que fue encontrando la primera comunidad creyente después del acontecimiento de la resurrección.

El evangelista San Juan, a lo largo de su evangelio, pone en boca de Jesús diversas afirmaciones sobre su persona, cada una precedida por un enfático “Yo soy” que en ocasiones va solo y que siempre hace referencia al “Yo soy” (YHWH) que es el nombre de Dios en el Antiguo Testamento. El evangelista en siete ocasiones distintas hace decir a Jesús: “Yo soy el pan de vida”; “Yo soy la luz del mundo”; “Yo soy la puerta”; ”Yo soy el buen pastor”; “Yo soy la resurrección y la vida”; Yo soy la vid verdadera”; “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

El evangelio de hoy, (Juan 10, 11-18) es la segunda parte de la parábola sobre el “Buen Pastor”. En el corazón de Juan, a la hora de escribir esto, resuena lo que Ezequiel 34, 2-10 escribe: “Profetiza contra los pastores de Israel, profetiza diciéndoles: ¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana, matáis las más gordas, y las ovejas no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles ni curáis a las enfermas ni vendáis a las heridas; no recogéis las descarriadas ni buscáis a las perdidas y maltratáis brutalmente a las fuertes. Al no tener pastor, se desperdigaron y fueron pasto de las fieras salvajes… Esto dice el Señor: Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas, para que dejen de apacentarse a sí mismos; libraré a mis ovejas de sus fauces, para que sean su manjar”.

En el evangelio de Juan, es Jesús mismo quien se presenta como el buen pastor o el pastor de calidad excelente: el mejor pastor. Y lo es porque entrega su vida por las ovejas. Él ha venido para que tengamos vida y la forma de conseguir que tengamos vida es dándonos la suya. Él entrega su vida para que tengamos vida en abundancia. Quien no ama hasta dar la vida no es pastor o no merece tal nombre. Los asalariados no son buenos pastores porque lo que les interesa es el salario y no las ovejas.

El buen pastor conoce a cada oveja por su nombre. Está claro que Jesús habla de sus discípulos a los que conoce como el amigo conoce al amigo, a todos y a cada uno de ellos. El conocimiento entre Jesús y los suyos hay que entenderlo al mismo nivel que el conocerse de Jesús y el Padre. Jesús y el Padre lo tienen todo en común porque el Padre le da dado todo al Hijo y el Hijo le entrega todo al Padre. Conocerse es amarse y poseerse mutuamente. Entre Jesús y sus discípulos hay también un conocimiento de este calibre. Y Justamente en ese conocerse está la vida porque se da el donarse mutuamente en el mismo Espíritu. Y el Espíritu de Jesús es Vida.

Una primera pregunta viene a la mente: ¿Cómo es nuestro (mi) conocimiento de Jesús? ¿Realmente he llegado a penetrar en el corazón de Jesús? ¿Lo tengo como amigo y buen pastor en mi vida? ¿Quién es Jesús para mí? La respuesta puede ser muy intimista y dejarnos tan tranquilos al responder que él para nosotros es el amigo que nunca falla, por ejemplo. Y eso es verdad, pero el amor íntimo de Jesús y con Jesús nunca es exclusivo ni excluyente. Es incluyente. En su corazón “hay muchas moradas”. Pero además, la carta 1 Juan 4, 7-10 no da pie a dejarnos en el foro interno. Nos invita (pide) que nos amemos unos a otros y ese será el indicativo de sus discípulos. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es AMOR.

Y este Dios que es AMOR “no hace acepción de personas, no hace distinciones. (Hechos 10, 23-34). Acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Está abierto a todos.

Al leer todo esto, en estos días en que están sucediendo cosas como las de LAMPEDUSA donde mueren miles de personas que se lanzan al mar esperando en la otra orilla una mano solidaria que les saque de la muerte a la que están sometidos en sus países de origen, me veo inclinado a aplicar el evangelio hacia ese mundo al que el Papa califica de “VERGUENZA”. Cada uno de esos “muertos de hambre” es mi hermano, cada uno de esos cientos, miles, millones de personas que sufren hambre y sed pertinaz es mi hermano. Y ante este hecho no puede bastar el sentirlo y el lamentarlo.

Los seguidores de Jesús, si queremos imitar al buen pastor que él es, hemos de acercarnos a los hermanos “perdidos”, hemos de reconocerlos como tales y hemos de compartir con ellos nuestra vida.

¿Cómo?

En nuestra vida ordinaria no debemos hacer acepción de personas. No hacer distinciones. No ir por delante con nuestros prejuicios. Son tantas las fronteras, los límites, los muros que construimos entre nosotros (odios, resquemores, rechazos, juicios, racismos, religionismos) que si se vieran físicamente se nos caería la cara de vergüenza. Es necesario desalambrar. Crear fraternidad.

En Europa hemos construido un mundo del bienestar (supuesto bienestar) que defendemos a capa y espada. Lo defendemos con leyes que favorecen nuestro capital monetario y con muros legales y de cemento o púas que eviten la entrada en nuestro mundo a los habitantes de otros mundos menos ricos o realmente pobres de solemnidad. Tememos ser invadidos porque en el reparto necesariamente tocaremos a menos y perderemos cotas de supuesto bienestar. Es necesario desalambrar. Compartir. Crear fraternidad.

Jesús afirma que hay otras ovejas que no son de ese redil. Están fuera y también para ellas ha venido. La mirada de Jesús es universal, no tiene fronteras. Ha venido para dar vida a todos los seres humanos de todos los tiempos. Convoca a todos y a todos llega su amor. Llama. Nos llama a todos para hacer junto con él un solo rebaño con un solo pastor. La radical igualdad de todos los hombres está afirmada aquí por Jesucristo de manera diáfana. Jesús no crea “institución” crea fraternidad en igualdad. No olvidemos que el “pastor” bueno, antes ha sido “oveja” o se ha hecho uno de nosotros y como nosotros. El haber entregado su vida libremente en favor nuestro le constituye en ser aquel que va delante, en maestro y en señor; pero siempre afirmando que su señorío es y ha sido el servicio, el de ponerse el último y a la cola en todos los sitios.

¿Podríamos concretar más? Sin ser gallego, respondería con otra pregunta: ¿hasta dónde estoy dispuesto a llegar? La respuesta pasa necesariamente por nuestro corazón y por nuestros bolsillos. .Jesús, el buen pastor, nos enseña a “ser” para los demás y a “tener” para los demás. Nos enseña a compartir el pan y la sal. Nos enseña a dar la vida para que los otros tengan vida. Y esto lo entendemos bastante bien cuando nos referimos a “lazos de sangre”. No lo entendemos cuando nos referimos a los “lazos en el Espíritu”. Cuando se nos presenta el encuentro con “el diferente” o “los demás” enseguida nos saltan todas las alarmas de seguridad y nos encerramos en nuestros refugios respectivos. Y hemos de optar por salir de nuestras cavernas muy cómodas y abrirnos y abrirlas para que nos invadan y lleguemos a formar “un solo rebaño” de hombres y mujeres que se saben y viven como iguales y hermanos. Vayamos pasito a pasito, pero sin desfallecer. El Espíritu del resucitado sopla a nuestro favor siempre que caminemos hacia ese mundo que “teme a Dios y practica la Justicia”.

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