Yo soy el camino, la verdad y la vida

Homilía

DOMINGO Vº DE PASCUA

 El Tiempo Pascual avanza y nos acercamos a la celebración de la Ascensión del Señor. El Evangelio de hoy (Juan 14, 1-12) narra la despedida de Jesús de los suyos en la noche del Jueves Santo, durante la última cena. Si descontextualizamos el texto y lo interpretamos como despedida antes de la Ascensión podemos perder toda su riqueza y distorsionar nuestras celebraciones. Y es que no me canso de repetir que en el Tiempo Pascual celebramos el mismo acontecimiento salvífico de la Pascua del Señor tanto el primer día como el último y cada uno de los que componen la cincuentena (Pentecostés). Con esto quiero decir que el movimiento resurreccional y ascensional de Jesús es un único y mismo movimiento y que este movimiento empieza a acontecer desde que es izado o plantado en tierra para atraer a todos hacia él.

El Evangelio de hoy nos cuenta lo que sucedió momentos antes de este izamiento o ser clavado en cruz. El discurso de despedida de Jesús (Juan 14) es en el Evangelio de Juan donde se nos descubre el “corazón” de Jesús, donde se nos descubren sus sentimientos, pasiones, ideales, opciones…, se nos descubre el alma de Jesús. Es muy importante abrir el oído para conocer a Jesús.

Jesús abre su corazón y habla de lo más importante para él. Habla de Dios como Padre (Abba). En el trozo de Evangelio que leemos suena 9 veces la palabra “Abba” y solo una vez, Dios. La relación filial de Jesús con Dios es importantísima. Es algo característico de él y único. Y es que toda su vida está orientada desde el Dios-Padre y hacia el Dios-Padre. Es una convicción tan interior, tan fuerte, tan determinante que marca toda su vida. Incluso en el momento de la entrega y de la muerte no apea esta palabra de su boca porque es la que abunda en su corazón. Sin miedo a equivocarnos podemos decir que Jesús no viene a anunciar otra cosa que Dios es Padre y que ansía que venga su Reino.

Jesús nos exhorta a que creamos en Dios y que creamos en él. Creer es fiarse de alguien o de Alguien. No se trata de cosas o ideas; se trata de personas. Nos invita a fiarnos de Dios que es Padre, creador y providente, amigo de la vida, lento a la ira y rico en clemencia, misericordioso, cercano y entrañable. No hay mejor fiador que él. No hay baluarte más seguro. No hay salvación fuera de él.

Al mismo tiempo nos invita a fiarnos de él (Jesús). Alguien que ha dado pruebas más que suficientes para deducir su fiabilidad, su cordura, su amistad y amor sin límites.

Esta fe es el antídoto contra el nihilismo, el sin sentido de la vida, la incertidumbre del mañana. Nuestro futuro está garantizado en Dios y por eso es bueno “no perder la calma”. Dios es la roca que nos salva.

Por eso, Jesús nos habla de la casa del Padre con muchas moradas. Nos habla de ir a prepararnos sitio y nos habla de volver por nosotros para llevarnos a esa casa. Bellísimo el pasaje. Bellísimo pararse a pensar en la casa del Padre y en el Padre que nos espera para acogernos como a hijos amados y predilectos. El futuro que nos espera es gozoso; un futuro de vida y de comunión entrañable entre todos los hermanos, amigos, compañeros, creyentes, hombres y mujeres de buena voluntad abrazados en el Amor de Dios.

Jesús se va. Se va en el momento de entregar su vida al Padre. Momento ascensional de la Pascua. Momento necesario para culminar su obra de Mediador, de nuevo Moisés; su obra de abrirnos el camino hacia la vida y la salvación, hacia la tierra nueva y los cielos nuevos, hacia el encuentro con Dios.

Pero este “irse” se ha cumplido en la Pascua que fructifica con su vuelta en el Espíritu. Jesús nos ha preparado la casa y las estancias y está en medio de nosotros para ser compañero de camino en este ir y llevarnos hacia el Padre. Ya está aquí. Ya ha vuelto.

Los discípulos de Jesús tienen sus dudas y sus oscuridades y se las presentan a Jesús. Un diálogo bellísimo que consigue arrancar a Jesús afirmaciones increíbles sobre su identidad y sobre sus intenciones.

Jesús les responde en primer lugar descubriendo su intimidad e identificación con el Padre. Afirma una simbiosis total. Jesús es correa de trasmisión de la realidad trascendente del Padre. Jesús es la imagen del Padre y el pedagogo hacia el Padre. Jesús es la exégesis del Padre. Hacer la voluntad del Padre ha sido todo su afán vital y a fuer que lo ha conseguido siendo un calco perfecto. Quién ve a Jesús ve al Padre y no hay otra forma de ver, descubrir o conocer al Padre sino es a través de Jesús. Único mediador.

Y para ir al encuentro con el Padre solo hay un camino que nos descubre la verdad y nos lleva a la vida. Jesús dice “YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD, LA VIDA”.

Están dichas estas palabras en un contexto “vital – existencial” y no pueden ser entendidas como definiciones filosóficas, desde la cultura griega. Habrá que tratar de entenderlas desde la cultura hebrea y desde el contexto en que se pronuncian.

CAMINO: Digamos que con él hacemos un nuevo “éxodo”. Jesús es caminante que en obediencia al Padre pasa por este mundo haciendo el bien. Jesús es caminante que convoca a amigos a seguirle haciendo el mismo camino de obediencia al Padre. Jesús culmina su camino con el AMEN total al Padre en la cruz. Y desde ahí se hace el camino seguro hacia el Padre. Seguir a Jesús detrás de sus pasos es ir directamente hacia el puerto seguro o hacia la casa paterna. Pasar por el mundo haciendo el bien es la mejor garantía de progreso hacia el Padre.

VERDAD: La pregunta de Pilatos, Jesús la responde desde su vida. La verdad se prueba en la vida. La verdad es una persona; es la persona. Verdadero es el amigo fiel; verdadero es el amigo bueno; es el amigo seguro. Verdad es belleza, hermosura, fidelidad, seguridad, firmeza. La imagen del “buen pastor” nos da idea de lo que es la verdad. El buen pastor es el pastor hermoso y bello, fiel, seguro, firme, arriesgado, valiente, capaz de dar la vida. Esa es la verdad. La verdad se sella con la cruz o con la muerte entregada a favor de la vida del amigo (o del enemigo). Jesús encarna en sí mismo esta realidad vital que es la verdad.

VIDA: Momentos antes de morir es capaz de definirse como VIDA. La vida es el AMOR que es más fuerte que la muerte. Dios (Trinidad) es AMOR y el Amor es la fuente y la garantía de la Vida. La Vida es la de Dios y la que él nos dona y de la que nos hace partícipes a través de su Hijo por el Espíritu que se derrama sobre toda carne, para que tengamos Vida en abundancia; una vida para siempre; pero una vida de calidad exuberante, la calidad de la Vida eterna.

Jesús sigue diciendo: Creedme y haréis las obras que yo hago y aún mayores.

La identidad de Jesús con el Padre se repite y vuelve a dar entre el discípulo de Jesús y Jesús mismo. Sería muy bonito desplegar esta realidad. Contemplarla es en sí misma apabullante. Jesús y yo identificados. Yo reflejo de Jesús. Yo manos de las manos de Jesús. Yo el viviente que hace de sacramento del Viviente en este mundo. Jesús conmigo siempre. Somos los hacedores de las obras del Padre y de las obras de Jesús. Quien nos ve a nosotros debería ver al Hijo y por él al Padre. Casi nada. Hemos de hacer camino con los demás y ser camino para otros que nos sigan. Hemos de ser verdad de la buena, de la hermosa, de la fuerte y segura. Y hemos de ser vida, dando vida y entregándola sin miedo a perderla porque nadie nos la puede arrebatar.

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