“Yo soy la luz del mundo”

ciego de nacimiento3

CUARESMA 4º DOMINGO – A

El domingo pasado veíamos a Cristo como “Agua Viva”. Hoy los vamos a contemplar como “Luz del mundo”.

Las lecturas de hoy siguen adelante con el proceso catecumenal hacia la Pascua. La primera lectura (Samuel 16, 1-13) hablando de la vocación de David nos habla de nuestra vocación bautismal. Una vez más vemos que la iniciativa es siempre de Dios. Es Él el que llama, elige (sin prejuicios) consagra y envía. La llamada de Dios, cambia sustancialmente al elegido, pero esta elección nunca queda para el beneficio exclusivo del consagrado. Dios siempre que elige a “alguien” es para enviarlo en beneficio de los demás. Es bendición para los demás. En nuestro bautismo somos “elegidos” por Dios y “enviados” para “ser luz en el Señor”. Es lo que nos dice San Pablo en la segunda lectura de hoy (Efesio 5, 8-14).

El Evangelio (Juan 9, 1-41) nos centra totalmente sobre la figura de Jesús. ¿Quién es Jesús para mí? Una vez más deberemos hacer una opción sobre Jesús que hoy se nos presenta dando vista a un ciego de nacimiento. Un signo profético que anuncia la llegada del Mesías. Cada palabra o frase del Evangelio de hoy merecería un comentario, porque el evangelista no pierde puntada en el entramado que nos presenta. Resaltaremos alguna de esas puntadas dejando otras en la penumbra para la meditación de cada uno.

Como quien no dice nada empieza el relato del capítulo diciéndonos que “Jesús al pasar por el camino vio a un ciego de nacimiento”. Tenemos un Jesús que camina y que ve. ¡Vaya cosa! No, no es broma. Jesús anda por los entresijos del mundo (no vive en una isla o subido en una columna) y no anda despistado. Ve. Es vidente o el vidente. Ve un ciego. Y donde los demás ven un marginado despreciable y un castigado o condenado por Dios por el pecado de él o el de sus padres, Jesús ve a “alguien” que está ahí para algo. Nada menos que para dar gloria a Dios. Una primera lección que no hemos de olvidar. Dios no castiga nunca. Los males de este mundo (enfermedades o terremotos) no son castigo de Dios. Están ahí. Segunda lección: toda persona es valor absoluto para Dios. Nadie es despreciable. Todos tenemos el rango de hijos. Dios no se fija en las apariencias. Mira al corazón. Todos vocacionados a ver y a ser luz para los demás. En este caso el ciego va a ser el protagonista de un gran proceso en el camino de la fe. Va a pasar de ser ciego a ver con los ojos del alma. Está ahí para algo importante. Dios nos llama a todos para algo importante. Podríamos decir que para Dios todos somos imprescindibles o todos somos “únicos” e irrepetibles.

Jesús cura al ciego untándole los ojos con barro hecho de tierra y saliva. No podemos pasar por alto las similitudes de esta acción con lo que cuenta el Génesis sobre la creación del hombre que fue modelado de arcilla o barro. Estamos ante un gesto de “nueva creación”. Jesús inaugura esa nueva creación recreando al hombre. Un hombre caído o circundado por la oscuridad y el sinsentido y llevándolo hacia la luz y la liberación plena.

Jesús envía a este hombre a la piscina de Siloé (que significa “enviado”). Todo un símbolo. La piscina de Siloé está a las puertas de la ciudad y recoge aguas enviadas (canalizadas) desde el manantial hasta la ciudad. Son aguas enviadas, aguas vivas y no de aljibe. Reminiscencias al evangelio de la Samaritana. Esa piscina de Siloé es “sacramento” del mismo Jesús y también de las aguas bautismales. El ENVIADO es Jesucristo y es en Él donde hay que bañarse para adquirir la vista, la iluminación, la luz. El ciego va. Tiene que ir porque es la forma de mostrar su fe inicial en Jesús. Debe fiarse y ponerse en camino. No cabe otra posibilidad. Si no se cree no puede acontecer nada nuevo. El ciego se baña y adquiere la vista.

La historia no queda aquí. De la vista de los ojos debe llegar a la vista del corazón o a la visión de la fe. Esa visión que ve más allá de las cosas aparentes y descubre la “onda” de Dios en la vida. Es la vista de la que Jesús hace gala al inicio de la narración.

El nuevo vidente empieza a tener dificultades, con un entorno opresor,  en su camino de fe. Se muestra cada vez más perspicaz, más inteligente, a veces irónico, más persona; se reconoce a sí mismo como sujeto independiente capaz de optar en libertad. No le importará el qué dirán y ni siquiera que le echen de la comunidad con tal de afirmar la verdad.  A este hombre “nuevo” le falta el  último paso: el encuentro personal con Jesús. Este encuentro es de extrema importancia. De nuevo es Jesús el que sale “al quite”, el que “ve” la situación delicada del ex-ciego y sale a su encuentro para ayudarle a dar un paso más. Le pregunta: “¿Crees tú en el Hijo del Hombre?”. El ex-ciego respondió: “Creo, SEÑOR” y se postró ante Él. El nuevo vidente llega al máximo de la fe. Proclama a Jesús como “Señor”. Título reservado a YHWH (Dios). Además lo adora postrado. Algo inaudito y solo reservado al Altísimo. La catequesis de hoy llega aquí al culmen. ¿Quién es Jesús?: Jesús es EL SEÑOR. Es la fe de la primera Iglesia. Es la fe que profesamos cada uno de nosotros en nuestro bautismo. Es la fe que hemos de renovar en la noche de la Pascua.

Esta fe implica un “bañarse” en el mismo Jesús, un ser recreados por Él (San Pablo dice: “despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu Luz), y un ver como Él ve, que no es otra cosa que vivir como Él vive, caminando como hijos de la luz, trabajando por toda verdad, justicia y bondad. Bañarse en Jesús es identificarse con él. Ser uno con él. En el evangelio de hoy, en una ocasión el ciego utiliza el “Yo soy”. Un “Yo soy” que Jesús usó al principio de la narración cuando afirma: Yo soy la luz del mundo. El nuevo vidente está identificado con Jesús. Él es ahora también luz para los demás. ¿Qué somos nosotros?

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