“Yo soy la resurrección y la vida”

lazarus

DOMINGO 5º DE CUARESMA -A

Este último domingo de Cuaresma apunta hacia la Pascua que se nos presenta como futuro inmediato de esperanza; un futuro garantizado desde Dios y su consistencia (Gloria).

La Lectura de Ezequiel 37, 12-14 describe la ruina total del pueblo elegido de Dios. Huesos secos y calcinados. Nada de nada. Desesperanza total. Ningún signo de vida. Situación parecida podemos estar pasando nosotros. En nuestro caminar cuaresmal hemos podido descubrir que los caminos recorridos por cada uno de nosotros alejándonos de Dios nos han llevado a un pequeño o gran desastre interior y personal. Pero a la vez podemos descubrir que corporativamente estamos pasando por un tiempo de desesperanza existencial. Parece que todo se desmorona, que no hay valores consistentes, que todo da igual y todo es relativo, que nada merece la pena. Incluso podemos constatar que la misma Iglesia adelgaza continuamente, disminuye su credibilidad y está pasando a ser algo marginal y de régimen privado.

La voz del Profeta se levanta para anunciar que Dios es más fuerte que la muerte. Que Dios es capaz de reanimar los huesos secos con su Espíritu. Que Dios es capaz de sacarnos de nuestros sepulcros y rehabilitarnos totalmente. Que Dios es Dios de vivos. Que Dios trabaja continuamente a favor del hombre y que por lo tanto siempre hay futuro garantizado; un futuro mayor y mejor. Un futuro para cada uno y para todo su pueblo santo. Hay motivos para la esperanza porque Dios es consistente, fuerte, definitivo, por siempre. Dios está dispuesto a hacer en todo momento un nuevo “éxodo” que nos saque de nuestras esclavitudes o situaciones de parálisis social y llevarnos a la liberación total. Solo hay que querer y fiarse del Dios de la vida.

El Evangelio (Juan 11, 3-45) nos narra el 7º y último SIGNO (milagro) realizado por Jesús que es el que culmina la obra de Jesús durante su “tiempo” mesiánico y a la vez desencadena el momento del Gran Signo (el 8º y definitivo) de su PASCUA (Pasión-Muerte y Resurrección). La resurrección de Lázaro será para algunos “piedra de tropiezo” que provocará la condena a muerte de Jesús. Para otros lo acontecido en Lázaro servirá para que lleguen a la fe. Esto es lo que proclama Jesús ante la noticia de la enfermedad de Lázaro. Jesús es el “vidente” que atisba más allá de las circunstancias. Donde la mayoría ve la muerte inminente, Jesús afirma que esa enfermedad sirve para manifestar la Gloria de Dios y la Glorificación del Hijo de Dios. En estas palabras se describe la finalidad de la narración y de todo el evangelio. La Gloria de Dios no es otra cosa que el modo de ser de Dios que se manifiesta contundentemente en algún acontecimiento; por ejemplo en la creación, en la alianza, en los profetas, en el éxodo… La gloria de Dios no son las luces o las músicas celestiales, sino su fuerza y sobre todo su fidelidad. Pues bien, es esta gloria la que se manifiesta en la resurrección de Lázaro. Dios más fuerte que la muerte; su “dedo” está actuando en Jesucristo. Pero además esta gloria se manifestará más fuertemente, si cabe, en la resurrección de Jesucristo. La glorificación del Hijo de Dios no es otra cosa que su resurrección de entre los muertos. Este evangelio nos introduce de forma definitiva en los últimos acontecimientos de Jesús donde se manifestará la Gloria de Dios.

El evangelio nos dice que Jesús amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro. Tres hermanos sin otra parentela. Representan a la comunidad creyente o seguidores de Jesús entre los que existen los lazos de la “fraternidad” alimentada por el amor de Jesús o centrada en el amor de Jesús. Veamos en esa comunidad a la Iglesia naciente y a la de hoy. Una comunidad donde acecha la muerte y la desesperanza. Jesús toma la iniciativa y pronuncia un imperativo: “Vamos a Betania”. Se pone en camino  a la búsqueda del amigo-hermano que está en peligro. Y para ello afronta el riesgo de exponer su vida subiendo a Jerusalén donde le esperan para echarle mano y ajusticiarle. Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por el amigo. En Betania (la comunidad creyente) se encuentra con situaciones diversas entre los hermanos. Les ayudará a ver más allá del acontecimiento empírico de la muerte. A Marta le dirá que su hermano resucitará. Una resurrección que no será la del último día en la que creían los fariseos (que no es poco) sino en una resurrección AQUÍ Y AHORA. Jesús le dice a Marta: YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA. QUIEN CREE EN MÍ NO MORIRÁ PARA SIEMPRE. Y Marta confiesa su fe en Jesús. Jesús, apoyado en la fuerza de Dios (gloria) afirma que la muerte es pascua, que la muerte es paso y no es algo definitivo. Afirma que la muerte no tiene poder sobre el creyente en Dios (o en Jesús) porque Dios está ahí presente y Dios es siempre Dios de Vida. Y esa vida de Dios que nos penetra desde la fe (acogida y bautismo) por el Espíritu que se nos ha dado, es algo que permanece para siempre. Jesús es resurrección y vida ayer, hoy y siempre. Estamos resucitados con Cristo desde el día de nuestro bautismo. La muerte no es más que la expresión clara de lo que aconteció (acontece) en nuestro bautismo: es participar de una forma definitiva en la resurrección de Jesús. Es pasar de este mundo al Padre.

Jesús, llegado al sepulcro de Lázaro, manda quitar la piedra y grita. LÁZARO, SAL FUERA. Y manda quitarle las ataduras. El acontecimiento refrenda las palabras de Jesús. Pero a la vez este grito llega hoy a su iglesia (a todos nosotros y a cada uno). Sal fuera. No nos dejemos aplastar por las desesperanzas; no sucumbamos a la tentación del abandono o del pasotismo. Salir de nuestras cavernas y vivir a plenitud la fraternidad enraizados en Cristo. No tengamos miedo a perder la vida por el evangelio o por los hermanos porque el que la pierde la gana. No olvidemos que “no estamos sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en nosotros” (Romanos 8, 8-11). Es la lección práctica de San Pablo en la lectura de hoy.

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