Yo soy la Vid

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Ya estamos en el 5º domingo de Pascua. Del acontecimiento real de la resurrección de Jesús narrado en los primeros domingos, vamos pasando a la interiorización del significado de ese acontecimiento y de su protagonista. La Palabra de Dios nos invita a contemplar el misterio, la intimidad que se encierra en la persona de Jesús, lo que esconde su corazón. Es cierto que no solo podemos quedarnos en la contemplación y que también hay que “mirar al suelo”, pero también es cierto que hay “tiempos” y “tiempos” y en la liturgia de hoy se nos invita de forma particular a la contemplación y el goce del ¿quién es Jesús para mí; para nosotros; para el mundo?

Yo, hoy voy a intentar contemplar y gozar un poco desde el evangelio de Juan 15, 1-8.

Está claro que Juan no es el cronista “frío” de unos hechos concretos sino que es el que contempla la vida histórica de Jesús desde el tamiz de la fe en el resucitado. Y Juan escribe para que creamos en Jesús y tengamos vida. Juan es el primero (o uno de los primeros) que penetra en la intimidad del corazón de Jesús y nos describe su riqueza.

En su evangelio usa muchas veces el giro verbal “Yo soy” puesto en boca de Jesús. Es una expresión fuerte porque cualquiera que la oye rememora de inmediato el mismo nombre de Dios en el Antiguo Testamento. Y ese rememorar hace que quien lo oye se cuestione el ¿quién es éste? Evidentemente Juan lo usa con toda la buena idea de hacer saltar las alarmas y llevarnos a afirmar que Jesús es el Hijo de Dios.

En el A.T. el nombre de Dios, hemos dicho, es “Yo soy”. Aparece centenares de veces. En realidad Dios es el único que puede decir “Yo soy”. Y lo es desde siempre y por siempre. Los demás “somos” en tanto en cuanto Él nos ha llamado y ha pronunciado nuestro nombre. Él ha dicho “tú eres” y somos por Él. Nosotros no tenemos fundamento propio. Somos desde Él. Nuestro fundamento es Él. El hombre sin Dios… nada. Esta referencia a Dios, esta dependencia de Dios, no es algo que humille al hombre sino que es algo que lo libera y genera toda posibilidad para el hombre. Solo desde ahí se puede hablar de dignidad absoluta del hombre, porque solo ahí está bien fundado el hombre. Sin esa referencia a Dios el hombre está desfondado o desfundado y nada tiene garantía de valor absoluto; ni siquiera el hombre. ¿Desde dónde?

El “Yo soy” (YHWH) es siempre una afirmación existencial (y no esencial). Hemos de traducirlo por afirmaciones existenciales: Yo estoy a tu lado; yo estoy contigo siempre; Yo te acompaño siempre; Yo te amo incondicionalmente en todo momento. Y porque esto es así Dios se ha abajado, se ha humillado, ha escuchado el clamor de su pueblo y se ha hecho “compañero” en nuestra historia.

Este “Yo soy” del A.T. se nos manifiesta en la encarnación del Hijo en el Nuevo Testamento. Y Juan no tiene ningún rubor de poner este nombre en boca de Jesús. Algunas veces lo usa o utiliza con valor absoluto, sin predicados: “…cuando sea izado verán que Yo soy”. Y claro está que está afirmando la divinidad de Jesús. Jesús afirma ser ayer, hoy y siempre. Jesús afirma ser la piedra angular o el fundamento sobre el que puede fundarse o establecer la vida del creyente.

Pero el evangelio de hoy usa el “Yo soy” con predicado nominal “la vid”.

Antes de entrar en esa afirmación, me ha parecido bien volver a recordar los otros predicados que Jesús usa con el verbo ser: La puerta, el Buen pastor, el Camino, la Verdad, la Vida, la Vid, el Pan de Vida y Bebida de Salvación, la Luz, el Agua viva, la Resurrección. Un buen abanico de palabras para “abanicarse”, para refrescarse, para gozarse. Jesús puede ser el “quicio” de mi vida, el fundamento de mi vida porque es todo eso para mí. ¿A quién podré ir? Solo Él tiene palabras de Vida Eterna.

“Yo soy la vid” dice el evangelio de hoy. Es toda una alegoría que trae remembranzas del Israel como la viña del Señor. Viña a la que Dios ama y cuida como el mejor de los viñadores (Isaías 5,1). El evangelista asume esta alegoría y la refiere a Jesús hablando no de viña sino de vid, de un único árbol, de una única cepa. Es muy fuerte la idea de unidad y de intimidad que desde el inicio se quiere marcar. Unidad intrínseca entre cepa y sarmientos. Unidad irrompible bajo pena de descomposición de quien se separa.

Es Dios – Padre (Abba) el viñador. Es el primer interesado en que la vid viva y de fruto abundante. El Padre mima la vid. Es su “joya de la corona”. En su Hijo y en Él toda la creación se la juega. Por eso no escatimará en cuidados y desvelos. El viñador poda y corta. Está claro que el ramaje seco no interesa. Es peso muerto. También está claro que hay que cortar hijuelas para que salga con más fuerza la rama principal y no se pierda vida inútilmente. Está claro que esto es alegoría, pero de una gran fuerza significativa para nuestra vida real. Dios no separa a nadie. Se separa de la vida el que quiere. Habrá quien lo hace de golpe y habrá otros que se dejen morir. Atención particular a ese dejarse morir que se puede ir colando de rondón en nuestras vidas de creyentes… justo porque no hacemos lo que a continuación nos dice Jesús: Permaneced en mí. Esta invitación “permaneced” suena 5 veces en el evangelio de hoy. Es una invitación fuerte, fuertísima. Invitación que indica absoluta libertad, pero a la vez absoluta necesidad. Sin Él no podemos hacer nada. Más claro… agua. Este permanecer implica opción vital por Cristo. Dejarse injertar en su vida y dejar que su vida (Espíritu) pase por nosotros. Entre la vid y los sarmientos hay una corriente vital única e indestructible. Esa corriente de vida es la que hace “uno” a los que son múltiples o varios. El creyente tiene la misma vida (Espíritu) de Cristo y por el Espíritu se hace uno con Cristo y todos los demás que son en Cristo. Esa es la Iglesia. Comunidad de creyentes en Cristo vivificados por el Espíritu Santo.

Solo injertados en Cristo podremos dar frutos abundantes. Estos serán los “Frutos del Espíritu” de los que hablaremos en Pentecostés. Pero claro está que no pueden ser otros que frutos de Caridad. Aquí será la lectura de 1Juan 3, 14-18 la que puede ayudarnos a responder: No amemos de palabra y de boca, sino con obras y según la verdad. Y añade: “Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó”.

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