Amor en acción

HOMILIA

El domingo pasado recordábamos lo nuclear de los mandamientos en el Amor a Dios y el amor al prójimo. En este domingo las lecturas nos ponen ejemplos sorprendentes en el ejercicio de estos dos amores.

Las protagonistas de la primera lectura y del evangelio son dos viudas; una extranjera y la otra de Jerusalén. Ser viuda era pertenecer al rango más bajo del escalafón social. Normalmente vivían la precariedad absoluta. Dependían para subsistir de la generosidad de sus hijos y de los apaños que pudieran hacer con algún trabajo o recolectando las sobras de los campos. En la legislación mosaica varias veces se pone la mirada en los huérfanos y las viudas para que sean tenidas en cuenta y no se las abandone nunca. Otra cosa es que se cumpliera la legalidad vigente.

La viuda de Sarepta (Líbano) estaba en las últimas. Su vida y la de su hijo pendían de un suspiro. Iban a comer el último panecillo que les quedaba, para después echarse a morir. A Elías, que llegaba hambriento a la ciudad después de un caminar de días, no se le ocurre otra cosa que pedirle pan al que no tiene. Elías debía saber y haber experimentado más veces la generosidad que hay entre los pobres, que tantas veces comparten lo que tienen sin calcular para el mañana. Aquella viuda no conocía de nada al profeta, pero descubre en él, al “hombre de Dios” y le da por fiarse de él y se la juega. Ciertamente hay una promesa de futuro halagüeña pero de momento son solo palabras. La viuda pone a valer la palabra de Dios y pospone su vida y la de su hijo, que ya es decir. Elías come el primer pan. Después puede hacer más panes para ella y su hijo.  Esta viuda ejercita el mandamiento de amar al prójimo hasta el límite de posponer su vida y la de su hijo. Ama al prójimo sin medida. Pasa a ser un modelo de generosidad a la vez que también de confianza en Dios.

La viuda del evangelio nos da también lecciones de generosidad y de amor a Dios sin límite. Jesús la utiliza como modelo para dar su última lección a sus discípulos.  El evangelio de hoy cierra las enseñanzas de Jesús. Una vez que sale del templo, empezará el discurso de los “últimos tiempos” y después el relato de su pasión y muerte. Es por eso que este gesto de la viuda y el comentario de Jesús son bien importantes por ser “últimas palabras de su vida ordinaria” antes de ser detenido. Jesús observa el goteo de gente que pasa por el arca de las ofrendas. Lugar para nada oculto y bastante controlado por algún levita. Hay algunos que depositan ofrendas más o menos abundantes. Las ofrendas van a costear los gastos del culto del templo. Se acerca también una viuda que deja como óbolo dos reales. Una minucia. Jesús llama a los suyos y les cuenta lo que pasa. Valora las dádivas no por la cantidad sino por la intencionalidad y el alcance del don. Unos pueden donar de lo que les sobra, aunque sea mucho. Quizás el donativo pueda servir para ayudas sociales, pero Jesús no le da un gran valor moral porque no conlleva un real aporte de la persona. El don regalado no afecta vitalmente a la persona. La oferta de la viuda va más allá de todo límite en lo que significa su haber y su ser. La viuda entrega todo lo que tiene, aún lo necesario para vivir. La viuda se entrega a sí misma; se pone en las manos de Dios y a él encomienda su vida. Jesús alaba y bendice este comportamiento.

Nos enseña que esta actitud de la viuda es una actitud fundamental en su Reino. El valor primero es fiarse de Dios y ponerse en sus  manos. Recibir de Él todo, sea lo que sea, y darle gracias. Y esto acarrea la Vida.

Otro de los valores rescatado por Jesús es que la acción del Espíritu no tiene fronteras. Que hay mucha gente, incluso entre los que no han oído hablar ni de Cristo ni de Dios, que vive los valores del Reino. Que de verdad hay mucha buena gente entre nosotros que encarna esos valores. Que mucha de esa gente son auténticos “don nadie” pero que testifican con su vida que el Reino de Dios está cerca y ya se va haciendo en medio de nosotros.

Sería bueno tener ojos para ver estas personas:

Madres y padres que se desviven por sus hijos.

Viudas y viudos, jubilados en general que hacen algo más que entretenerse con el INSERSO y dedican horas a la familia, a la parroquia, a los enfermos, al cuidado de la naturaleza, a la cultura….

Enfermeros, médicos, auxiliares que cuidan con amor a pacientes  sin parar mentes a  posibles contagios.

Pequeños empresarios (quizás también grandes) que no cierran el negocio –técnicamente quebrado- para que llegue el sustento a sus asalariados.

Servidores de la “caridad” que acogen pacientemente a parados y extranjeros y luchan con ellos por encontrar trabajo y pan.

Y un largo etcétera que podríamos enumerar.

¿Dónde estamos nosotros?

Que Dios nos ayude a encarnar los valores del Reino.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *