Domingo de Pentecostés

Pentecostes

Con la fiesta de Pentecostés cerramos la cincuentena pascual. Con el Don del Espíritu Santo inicia su andadura la Iglesia como nuevo pueblo de Dios. Al Espíritu Santo le dedicamos poco tiempo en las homilías y celebraciones; apenas breves insinuaciones. Hoy, día del Espíritu Santo, quiero dedicar mi reflexión sobre el por qué y el para qué sirve el Espíritu.

El acontecimiento “Jesús” tiene unas coordenadas de tiempo y lugar bien precisas. Es un acontecimiento histórico que ocurrió hace 2000 años. Pero, ¿nuestra memoria de Jesús es igual a la que podemos tener sobre Sócrates o sobre Julio Cesar?  Nuestro presente ¿está realmente redimido? La Pascua de Jesús ¿incide algo en nuestra historia?

Si no existiera el Espíritu Santo habría que decir aquello de que “somos los más desgraciados de entre los hombres”. Todo lo que creemos sería pura ideología o nomenclatura. Jesús sería uno más entre los prohombres de la historia; nuestro presente estaría irredento y Jesús no podría incidir en nuestra historia.

El Espíritu Santo es el que hace posible que el HOY de Dios sea extenso, actual y permanezca. El Espíritu Santo es el que hace que la obra “pascual” sea consistente, siempre actual y persistente. El Espíritu ya está presente en la obra de la Salvación antes de la Encarnación. El Espíritu aletea sobre las aguas primordiales dando fuerza, dinamicidad y vida a toda la creación. El Espíritu de Dios es exhalado sobre el hombre cuando es creado y lo constituye en imagen y semejanza de Dios. El Espíritu de Dios puede ser rastreado en la multitud de lugares de la Biblia donde hay fuego (la zarza ardiendo, la columna de nube que protege y guía a los israelitas), agua o viento. El Espíritu Santo es el que unge a los reyes, habla por los profetas, constituye y unifica al Pueblo de Dios como pueblo de la Alianza. El Espíritu Santo llega a la plenitud máxima de su presencia y densidad al preparar a María para la recepción del Verbo y al hacer fecundas sus entrañas virginales para que engendrara al Verbo de Dios, a Jesús el Cristo.

El Espíritu Santo unge a Jesús, le guía y le lleva al desierto y a la cruz. Jesús se deja llevar por el Espíritu obedientemente y como Hijo predilecto que ha recibido de Dios la plenitud de ese Espíritu. Su entrega en la cruz es también entrega del Espíritu al Padre.

En la resurrección, plenificado por el Espíritu, Jesús nos entrega ese Espíritu a nosotros que llega a ser derramado sobre toda carne. Es lo que celebramos hoy, día de Pentecostés.

Ese Espíritu es el que hace saltar las coordenadas espacio-temporales del Jesús histórico y lo convierte en un Jesús trascendente. Queda constituido el HOY de Dios y por eso podemos decir que el pasado queda rescatado de alguna manera y recogido en el hoy de nuestra historia donde también se anticipa el futuro esperado.

Por medio del Espíritu es posible encontrarse con el Viviente, con el Resucitado, hoy. Es posible la experiencia de la fe y por lo tanto el encuentro personal con Cristo que no solo fue, sino que es.  Podemos hacernos presentes a Cristo, dialogar con él, comulgar con él y en definitiva injertarnos en él por el Bautismo. El Espíritu hace posible la liturgia y los sacramentos.

Igual que el ayer se hace “hoy”, también el mañana, el futuro –nuestra esperanza- se anticipa. Nuestro futuro está despejado, no alargando nuestra finitud sino integrándonos en la personal y vivificadora realidad del Dios Trinidad, como misterio de perenne novedad e innovación.

Además, y es también importante, el Espíritu nos salva de “nuestra caverna”, de nuestro aislamiento, de nuestra soledad. Hace saltar los límites de nuestra subjetividad, de nuestro “yo” que es más difícil que saltar los del espacio y tiempo. Hemos apostado por una antropología que declara al hombre como “ser para los demás”, como ser relacional o abierto al trascendente, al otro y al mundo. Pues bien esta apertura y posibilidad no es tan natural. Parece que nuestra tendencia es esclerotizarnos y cerrarnos; nuestra tentación es  proclamar que se “salve el que pueda”. De esta fuerza “gravitatoria” en torno al yo es de la que nos salva el Espíritu abriéndonos al “nosotros”. El Espíritu es el “nosotros” de la Trinidad; el Espíritu es el que hace posible que nosotros seamos “pueblo elegido”, “nación santa”, “pueblo sacerdotal”. Es el Espíritu el que crea la comunión y la comunidad. Es el Espíritu el que crea la Iglesia como comunidad de creyentes. Esta comunión es perdurable. No es para este momento solo o para esta tierra. Esta comunión apunta al cielo. Se abre el campo a la “comunión de los Santos”.

El Espíritu Santo, don y amor de Dios en persona, nos revela la verdadera realidad de la creación. En la misma creación actúa la gracia en sentido amplio. Por eso, nada es una simple trivialidad para el creyente; todo es don y gracia de Dios. En las cosas, sucesos y acontecimientos más insignificantes y cotidianos puede descubrir la huella del amor de Dios y de su Espíritu y llenarse de gozo y acción de gracias. Como el Espíritu dirige toda la realidad a su plenitud definitiva, donde quiera que se produce una vida nueva o se impulsa la perfección en todos los órdenes, pero particularmente en la búsqueda y el esfuerzo histórico de los hombres y los pueblos a favor de la vida, de la justicia, de la libertad y de la paz, AHÍ ESTÁ EL ESPIRITU SANTO. De una forma muy especial, se hace presente el Espíritu donde los hombres se despojan de su egoísmo, se reúnen en la caridad, se perdonan, se hacen el bien y se ayudan sin esperar contrapartida. Donde hay caridad allí está Dios.

Todas estas acciones del Espíritu Santo son tan sólo una primera participación de la gloria futura. Son comienzo y anticipación de la plenitud definitiva. El Espíritu mantiene en nosotros la tensión escatológica que mira al futuro con esperanza gozosa y con deseo anhelante y ardiente de su llegada. El Espíritu Santo es el que hace decir a la Iglesia y a cada uno de nosotros: Maranatha. VEN SEÑOR JESUS. Reitero una vez más que la esperanza no es alienante sino que nos compromete más a hacer de este mundo un anticipo de cielo. El Reino de Dios es DON pero también es TAREA.

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