El buen samaritano

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La parábola del “Buen samaritano” es una de las más bellas del evangelio. Uno, no se cansa de oírla y siempre  llega al corazón e invita a vivir ejerciendo la misericordia. Pero suele quedarse ahí, en un calentón del momento para pasar poco después a vivir como siempre, no complicándonos la vida en exceso y evitando “mancharnos” por determinadas circunstancias de las personas con las que nos topamos en nuestro camino.

Hoy, pensaba que la parábola viene a cuento con ocasión de una pregunta: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”. ¿Yo, me hago alguna vez en mi vida esa pregunta? ¿Tengo en el horizonte de mis valores, la “Vida eterna”? La Vida eterna es participar de la misma Vida de Dios por siempre y para siempre. Sinceramente creo que es un valor que no cotiza. Nos movemos y desvivimos por otros valores mucho más prosaicos e inmediatos que se mueven en el corto plazo y que parece que se notan y nos gratifican muy mucho cuando los tenemos. Nos mueven valores de andar por casa: estar sanos, tener cuerpos esbeltos, hacer deporte, fiestas, eventos deportivos, estar con amigos, pasárselo bien, etc.

Pensar en “Vida eterna” no emerge en el sentir habitual. Tan solo aparece algo de esto cuando acontece algún evento luctuoso o de enfermedad grave en alguien de nuestro entorno. Puede que en esos momentos alguien piense en “el más allá” como algo que no se desea pero que no hay más remedio que pasar por ahí. Deseamos que para aquel que está en el trance se pase lo antes posible y que se encuentre al otro lado con Alguien que le rescate de la muerte. Pero aún eso, envuelto en muchas neblinas y dificultades que hacen que esa realidad sea poco menos que remota o mítica y sirva para un apaño o consuelo del momento. Pero nadie parece desear ese momento y espera que a él en persona le acontezca cuanto más tarde mejor.

Si esto es así, huelga todo lo demás. La parábola del buen samaritano surge de la pregunta del que está realmente interesado en alcanzar la Vida eterna.

La Vida eterna, podemos ponerla al final del camino como colofón a una vida utilizada como fuente de méritos para conquistar esa Vida eterna. Este ha sido mayormente la interpretación que el mundo cristiano ha alimentado y sugerido. Esta vida es como una mala noche en una mala posada, en el decir de Santa Teresa. Que puede que tenga razón, pero no necesariamente debe ser así.

La respuesta de Jesús contando la parábola, parece que la “Vida eterna” no está al final del camino ni es premio a ninguna cosa. La Vida eterna parece ser una participación en ejercicio de la misma Vida de Dios aquí y ahora practicando la misericordia.

Las leyes o costumbres obligaban al sacerdote y al levita a no contaminarse con sangre o cometer impureza tocando algún enfermo de lepra o de otras taras legales. El sacerdote y el levita cumplen la ley y marginan al necesitado. La ley asfixia la vida. Es tremendo, pero es así. Dios es siempre “amigo de la vida”. Aquí, la ley interpretada por hombres lo separa de la vida. Jesús corrige esta perspectiva.

El Samaritano se deja impactar por la realidad del camino. Un hombre está medio muerto. Actúa sin miedos. No tiene miedo a contaminarse; no tiene miedo a represalias o engaños por parte del “caído” que podía ser tan solo un señuelo; no tiene miedo a ser estafado. Obra según todos los cánones de alguien que se interesa, se involucra, hace todo lo que tiene en sus manos, compromete su vida y hacienda y lo hace sin esperar nada a cambio.

El Buen Samaritano practica la misericordia. El Buen Samaritano ejerce como quien tiene o posee la Vida eterna. Es sacramento de Dios.

La Vida eterna, igual que esta vida que llamamos mortal, es don de Dios. Desde el principio se nos da o regala esta Vida eterna al ser todos nosotros creaturas de Dios, imagen y semejanza de Él, pero además participamos de su mismo Espíritu. Realidad que se nos regala desde la creación y que se acrecienta en la Encarnación del Verbo de Dios.

Jesús es Él mismo la Vida eterna. Él es el Buen Samaritano que se pone a nuestro lado, camina con nosotros, sana nuestras heridas y nos regala su Espíritu, el Espíritu del resucitado, de aquel que ha pasado por esta vida haciendo el bien y regalándonos su vida.

Para heredar la Vida eterna lo que tenemos que hacer es ponerla en ejercicio. La Vida eterna es un Don que ya hemos recibido en nuestro bautismo-confirmación; Don que se nos acrecienta en cada eucaristía que celebramos.

Pero este Don se vuelve irrito, fatuo, inútil, si no lo ejercitamos siendo misericordiosos entre nosotros y con nuestros hermanos. En nuestro tiempo encontramos a mucha gente en los márgenes del camino de nuestra historia. Hay muchos desahuciados desde una sociedad que crea muchas barreras y muros para que se dé la integración entre los muchos que somos. El evangelio de hoy es un llamado a dar respuestas eficaces ante el aluvión de personas que nos encontramos pidiendo ayuda para poder vivir, puesto que en sus países de origen no pueden vivir, porque son perseguidos por sus ideas, o porque la pobreza del lugar es extrema.

So pena de alargarme, no me resisto a citar al papa Francisco que el día 8 de Julio 2019, dijo lo siguiente:

“En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los “últimos” que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal. Son sólo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse. Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes.

En el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad premurosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias! “No se trata sólo de migrantes”, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada.”

Estamos llamados a ejercer de samaritanos que practiquen misericordia.

Ciertamente no podemos estar parados. Apostamos y creemos en la Vida eterna. Sabemos que nadie nos la puede arrebatar porque estamos asidos de la mano de Dios. Hemos de tener ánimo para entregar nuestra vida en favor de los demás, porque quien entrega la vida la gana.

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