Halloween: ¿Fiesta cristiana?

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En mi pueblo, Moreda de Aller, en los años 50 celebrábamos “Halloween” y no lo sabíamos. Qué incultos éramos. Las vísperas de Todos los Santos, o la semana final de octubre, buscábamos calabazas de todo tipo, que vaciábamos de su pulpa; se perforaba la cáscara simulando ojos nariz y boca y dentro se ponía una vela. La calabaza se colocaba en las oquedades de los caminos, visibles en la oscuridad, para que los viandantes se asustasen. No sabíamos el por qué, pero como tantas otras cosas la tradición y las costumbres imperaban y se seguían fielmente. ¿Reminiscencias celtas? Puede. La zona del Cantábrico rezuma en su hondón el alma celta.

Estas costumbres, con los vientos de secularización y de secularismo que penetraron en España (no solo) por los años sesenta, pasaron de moda y se olvidaron.

Ahora resulta que, por arte de birlibirloque (interés comercial), vuelve con toda su fuerza una supuesta fiesta que denominamos “Jalowin” ante la que claudican todos los imperativos secularistas y se cultiva el culto a los muertos, a las ánimas, a los espíritus y a todo bicho viviente del inframundo o supramundo; por supuesto sin referencia a Dios ni a sus Santos. Una fiesta que parece creada para la diversión de los niños pero que lo es sin duda para los adultos o de los adultos. Una diversión macabra para los niños, mezclada con dulces y trucos pero que no es necesariamente inocua o intrascendente. Toda iniciación a algo, aunque sea iniciar a “nada” o al “sin sentido” o al “vacío” o al “todo vale”, tiene sus consecuencias.

¿Merece la pena hacer un esfuerzo por tratar de entender las raíces de esta fiesta y tratar de ver en ella alguna referencia a nuestra fe cristiana? No lo sé, pero voy a intentarlo.

Todos los investigadores apuntan Irlanda y la cultura Celta como el arranque de esta celebración.

Todos los pueblos se encuentran ante la realidad de la vida y de la muerte, y todos los pueblos tratan de dar respuesta tanto al misterio de la vida como al misterio de la muerte. Las religiones tratan de dar respuesta a estos misterios.

Los Celtas, como muchos otros pueblos, forjan una respuesta “animista”. Todas las cosas tienen “ánima” o espíritu. Las personas, los animales, las plantas (sobre todo los árboles); también la misma tierra, los planetas, las nubes, las montañas, las piedras tienen ánima. Toda nuestra vida y nuestra muerte está regida por este conjunto de fuerzas y de ánimas que pueden ser favorables o desfavorables o neutras. Lógicamente cada pueblo tiene sus espíritus protectores, de entre ellos descuellan los antepasados de la tribu o del clan y a ellos se les debe un particular cuidado y culto. Hablamos del culto a los muertos.

Ante estas realidades, las sociedades crean ritos sagrados y personas sagradas (druidas, chamanes, sacerdotes) que sirven de alguna forma para controlar tanta fuerza envolvente, para aplacar alguna de estas fuerzas, para atraer a otras a su favor y para espantar o ahuyentar a aquellas que no les son propicias.

En el final del otoño, los árboles pierden su fuerza y vitalidad con la caída de las hojas, la noche avanza tragándose el día, las tinieblas pronto cubrirán la tierra por días enteros o el sol apenas se verá. Todo esto hace que el pueblo se convoque en asamblea para celebrar el paso de la muerte, pero a la vez para vencer a la misma muerte, retomar fuerzas, unirse lo más posible a sus ancestros y ánimas protectoras para pertrecharse en esta travesía de la noche y volver a renacer en los tiempos primaverales. Toda una ceremonia de muerte-vida similar a nuestra Pascua.

En la celebración y ritos de esta fiesta entran las danzas, los cantos, las comidas, la música y la oración o la impetración a las fuerzas cósmicas para que les sean favorables. Allí no había ni truco ni trato; allí había expresión de una vivencia profunda.

El cristianismo llega a Irlanda y a la cultura celta desde sus inicios. El camino de evangelización de los pueblos pasa por una inculturación, la quiera o no la quiera el evangelizador. No se puede hacer tabla rasa. Por eso, en muchas ocasiones las fiestas cristianas se entrelazan con fiestas locales ancestrales a las que se les pretende poner un contenido distinto del que realmente tienen. Se consigue una simbiosis o mezcla que no resulta las más de las veces “ni chicha ni limoná”. Se le da un nombre nuevo, pero la realidad sigue siendo la que era o manteniendo colores de lo que era. Eso ha pasado con esta fiesta.

La Iglesia de Roma establece la festividad de Todos los Santos el primero de noviembre y poco después la de la conmemoración de los Fieles Difuntos el dos de noviembre. Una al amparo de la otra. El resultado práctico (hasta el día de hoy) es que el pueblo hace un “totum revolutum” y el día 1 de noviembre es el día en que se celebran los difuntos y cuando se visitan los cementerios. El día dos es medio ignorado por el común de los fieles.

Estas fiestas se mezclan con las costumbres populares y tenemos que los Celtas en Irlanda llamarán a la noche anterior al primero de noviembre “All Hallow’s Even” (Vigilia de todos los Santos). Contraer el nombre y os saldrá “Halloween”.

Tenemos una vigilia de la fiesta de Todos los Santos montada por todo lo alto. La fiesta de Todos los Santos en cristiano no es animista, pero si se añaden las “ánimas del purgatorio” verán ustedes que es muy fácil mezclar ánimas y ánimas. Y así perduran las manifestaciones externas de estas fiestas tribales.

Quería resaltar que la gente que se vestía de esqueleto danzante o que llevaba cráneos o calaveras no se disfrazaban. Se vestían de eso para entrar en comunión o figurar las fuerzas del bien y del mal. Lejos de ellos la intención de simulacro o palabrería. El cofrade de una procesión de Semana Santa no se disfraza, se viste de cofrade. Si se disfrazase no tendría ningún sentido lo que hace.

La fiesta de Halloween va con los colonizadores de Irlanda al Nuevo Mundo. Y allí sufre un nuevo “enriquecimiento” de costumbres y modos al mezclarse diversas tradiciones que venían desde distintos pueblos de Irlanda y las que se encontraban entre los autóctonos del lugar que sin duda tenían sus propias fiestas de la vida y de la muerte.  El añadido del “truco o trato” tiene un origen vejatorio indigno de referir por respeto al ecumenismo.

La fiesta conserva una connotación animista y recupera toda la fuerza de duendes, brujas, conjuros, ánimas descarriadas, vampiros, zombis, etc. Para algunos todavía conserva, en medio de esta parafernalia, el valor de víspera de Todos los Santos en la que se celebra la victoria sobre la muerte de muchas personas (innumerables) que nos han precedido en el camino de la fe y que han llegado al cielo, a la casa del Padre.

Esta fiesta, con todos los abalorios que la rodean, la ha promocionado la cultura USA a través de las películas y las series televisivas. Primero con la puesta en escena sin más de esta realidad entre los pueblos de quienes se contaba su historia y después promocionando una serie de películas donde zombis, vampiros, fuerzas ultramundanas, imperan por sus fueros.

Así nos ha llegado a nosotros y la hemos copiado miméticamente. Aquí está el Halloween (que lo pongo en minúscula y me lo corrige el ordenador; pongo “dios” y no me lo corrige) y no hay colegio que se precie que en sus aulas no haya ornamentación al respecto y cuyos niños de Primaria vayan estos días vestidos de cualquier cosa (mi madre diría vestidos de mamarracho).

¿Sabemos lo que celebramos? Creo que no. Los niños y mayores se disfrazan de algo, pero no viven ese “algo”. Es una fiesta del camuflaje donde nadie cree lo que dice creer. No se espera nada ni se lucha por nada porque fundamentalmente no se cree en nada. Es una fiesta del “carpe diem”. Me viene bien porque es fiesta o proclamamos una fiesta a nuestro aire y vivimos el momento de hoy la amistad de hoy con cena y fiesta. Nada que ver con la víspera de Todos los Santos y lo que eso significa.

¿Podría darse un contenido cristiano a todo esto? Ya ven ustedes que puede tenerlo y mucho. Pero realmente no sé si merece la pena. Sería bueno rescatar signos y símbolos; y hacer vivir lo que significan y llevarlos a la plenitud desde la fe en Cristo resucitado, Señor de la vida y de la muerte. Pero hay tantas teclas que tocar.

Prefiero que se retome en su totalidad la fiesta de Todos los Santos y lleguemos a entender y celebrar lo que esa fiesta significa de gozo y de esperanza y de salvación. Una fiesta donde caben las guirnaldas, las flores, las luces, los caramelos, los dulces (huesos de santo) y toda la parafernalia que quieran con tal de focalizarla en la Vida y la Victoria sobre la muerte. Apostar por la dignidad de las personas y el valor que tiene una vida de alguien que sabe vivirla para los demás y que no se la reserva para sí. ¿Y si en vez de pedir diéramos regalos o repartiéramos caramelos? ¿No estaría bien que los niños, en vez de pedir, dieran caramelos o compartieran sus dulces porque están contentos con el don de la vida?

La conmemoración de los Fieles Difuntos, dejarla para el día 2 y que sea el corolario de lo celebrado el día 1 de noviembre.

Que ustedes pasen bien la Solemnidad de Todos los Santos.

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