El Hijo Pródigo

homila

En este domingo, el evangelio nos propone las tres parábolas que sobre la misericordia escribió el evangelista san Lucas. Son de su exclusividad y nos dan una imagen de Dios sorprendente porque su amor se traduce en misericordia como actitud permanente. Al resultar la lectura un poco extensa, se da la opción a no leer la parábola del “hijo pródigo” que es la más hermosa de las tres. En mi comentario me voy a referir solo a esta última parábola y solo a alguno de sus aspectos.

Esta parábola es el reflejo de la humanidad que se resiste a Dios. El drama de la humanidad es resistirse a ser “hijo” de Dios. Si no acepto que soy “hijo” difícilmente (imposible) creceremos en fraternidad

En la parábola lucana, ninguno de los dos hijos quiere ser “hijo”.

El hijo menor decide marcharse de casa. Rechaza su ser hijo y hermano. Quiere hacer su vida y dilapida sus bienes, que no eran “suyos”. Por pura necesidad piensa en volver a casa. Pero se hace un discurso muy interesante. “Ya no merezco ser hijo tuyo”. Puede parecer un arrebato de humildad. Pero lo que está haciendo es rechazar el ser hijo para “ser siervo”. Es más fácil ser esclavo, siervo, obrero, que ser hijo. El ser siervo, se mueve por otros criterios. Se da con el amo una relación mercantilista. Te doy para que me des. Yo necesito tu dinero y tú mi trabajo. Al final del día, me pagas y cada uno en su casa. Yo hago mi vida y tú la tuya. No hay cordialidad, no hay gratuidad, no se da la relación de la donación mutua.

El ser “hijo” supone cambiar totalmente de parámetros. Ya no rige el comercio sino el don, la oblación, la gratuidad, la ayuda mutua, desde el  núcleo que es el corazón o el amor.

El gran drama de Israel es no aceptar ser “hijo”. Nunca llega a fiarse de Dios como Padre y por eso cae en las tentaciones. Quiere o prefiere volver a Egipto, a la seguridad de las cebollas y el trigo, y no seguir adelante caminando hacia la tierra prometida. Una promesa basada en la fidelidad de Dios, pero que supone travesía del desierto, tentaciones, luchas; o un quedarse en Egipto como esclavos, pero con comida.

El segundo hijo, aunque se queda en la casa tiene la misma estructura mental que el pequeño. Este, en el relato, nunca utiliza la palabra “padre” ni “hermano”.  Dice: “En tantos años que te sirvo sin desobedecerte”. “Sirvo”. Habla de una relación servil. Está en casa no como hijo sino como siervo. “Desobedecerte”. Obediencia servil. Obedezco porque espero sustituirte un día. Obedezco porque me interesa para el futuro. Sueña con un cabrito para hacer una fiesta con sus amigos. En la casa no hay fiesta. La fiesta, es fuera con sus amigos. Ahí está su corazón y no en la casa del padre. Su felicidad está fuera.

Tanto el hijo mayor como el pequeño dinamitan los cimientos de la casa. No han intuido, o no han querido intuir o ver o aceptar al padre que tienen.

Pensando un momento en Adán y Eva, vemos  que cuando ejercen su libertad y meten la pata, se esconden. Tienen miedo de Dios. Miedo. No han permitido a Dios ser Dios y ahora temen que les castigue con la muerte. No reconocen un Dios “padre” sino un dios justiciero. Siguen la lógica judiciaria del ojo por ojo. No dan espacio al Padre Dios.

La parábola de los dos hijos, nos deja a un padre solitario o frustrado. No hay final feliz. No sabemos qué paso después. Nos toca a nosotros realizar el final. Ciertamente hay un amor no correspondido. Falta hacer un camino de correspondencia a ese amor.

El p. Dehon, cautivado por “este amor no correspondido”, quiere responder a él con una unión íntima al Corazón de Cristo, y con la instauración de su Reino en las almas y en la sociedad”. ¿Lo hacemos? Hablamos de reparación. Vamos a decir que lo importante es no dejar a este “Padre” colgado, sino hacer un camino de filiación y de fraternidad.

Los Dehonianos en España, celebramos nuestro primer centenario desde que nuestra Congregación abrió su primera comunidad scj en Puente la Reina (Navarra). El logo de este centenario es “más corazón”. Llamados a reparar desde 1919. Ese “más corazón” no puede ser otra cosa que , primero, fijarnos en el corazón de un tercer hijo que no aparece en la parábola: Jesús. Él es el “hijo” que obra según el corazón del Padre. Es el hijo que se sabe en la casa del Padre y obra en consecuencia. Pone todo su corazón, toda su alma, todo su ser al servicio de los planes del Padre para con el mundo creado. Y segundo, pedir y hacer que nuestro corazón sea semejante al suyo. Un corazón abierto totalmente a la acción del Espíritu en nuestras vidas y un corazón que desborda en caridad hacia los hermanos.

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