Perseverar en la Fe

Homilia

Puesto que el próximo domingo es la Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, este domingo es el cierre del proceso catequético que hemos llevado a lo largo del año teniendo como base el evangelio de San Lucas. Hoy nos presenta el último discurso de Jesús, antes de su pasión. Es un discurso que nos habla del futuro de la historia, entresacado este discurso de algunos dichos de Jesús.

A primera vista es un discurso para ponerse a llorar. Suena a hecatombe o desventuras múltiples. Y sin embargo la intención del evangelista no es provocar pavor o tristeza sino que está escrito o proclamado para dar esperanza y asegurar una victoria final sobre el mal y el maligno.

La lectura del profeta Malaquías pretende justamente abrir a la esperanza a un pueblo que experimenta la desolación. El Templo de Jerusalén ha sido destruido y sus habitantes en diáspora. Hay algunos que han vuelto, pero no funciona la reconstrucción. Lo que queda o viven es una religiosidad vacía, de puras fórmulas que imitan a lo pasado, pero resultan huecas. Son un puro ritualismo o mimetismo de algo pasado. No tienen ni profetas, ni reyes, ni sacerdotes. Viven un tiempo “sin sentido”, sin saber a dónde ir ni qué hacer. Malaquías se atreve a anunciar “El día del Señor” como día ardiente que quemará como paja a los malvados, y traerá la justicia para los que honran su nombre. La justicia se impondrá a la iniquidad. Este es el día del Señor añorado y esperado. El Mesías será el Ungido de Dios que traerá la Paz.

El evangelio de San Lucas elabora una trabazón de niveles históricos con palabras de Jesús pronunciadas en diversas circunstancias. Hace un discurso de Jesús con dichos de Jesús y en el momento en que su comunidad ha vivido y vive mucho de lo narrado en esos dichos. Cuando escribe San Lucas ya había acontecido la destrucción del templo de Jerusalén.

Por eso utiliza tres niveles de tiempos distintos. El tiempo histórico de Jesús; el tiempo histórico de su comunidad; y el futuro por venir el último día.

Todo el entramado arranca de la última llegada a Jerusalén de Jesús con sus discípulos y de la admiración que siempre esa ciudad suscitaba en los peregrinos y visitantes. Las murallas y sobre todo el templo impactaban a cualquiera que contemplara la ciudad desde los altozanos próximos. Jesús les dice y avisa que de eso no quedará piedra sobre piedra. Todo será derruido.

Es una pena que el hombre por su zafiedad o por sus egolatrísmos  propios o ajenos sea capaz de las mayores salvajadas: con obras, templos, arte o personas. Jesús querrá decir que la presencia de Dios no se garantiza con “piedras” por muy grandes que sean y por muy esbeltas que sean sus construcciones. La fidelidad de Dios no se garantiza con pedruscos o monolitos, o minaretes o catedrales. Todo eso puede estar bien, pero es obra humana. No garantiza nada. La obra de Dios trabaja a otro nivel que pasa por los corazones de los hombres, que son los verdaderos “templos” de Dios.

Hoy en día, en nuestros pueblos y ciudades, quizás ya no se construyan iglesias o catedrales y las que hay se cuidan como elementos culturales y poco más. Pero han empezado a surgir nuevos templos que indican quienes son nuestras deidades e ídolos y dónde ponemos nuestra esperanza. Pululan los Bancos, los Grandes almacenes, los Centros comerciales, los Campos de fútbol, los Gimnasios, y otras beldades. Nuestro culto se centra en el dinero y en nuestro cuerpo o en consejeros  o influyentes de diversos tipos que añaden oropel al oropel. También todo eso caerá y pasará porque su fundamento es “arena”. Solo Dios puede salvar.

Y en eso quiere hacer hincapié Jesús. Y sobre eso llama la atención.

La caída de Jerusalén tiene lugar en el año 71 de nuestra era. El ejército romano arrasa Jerusalén y su templo. Para Israel  es el final. Aquello se vive como lo que era: una gran catástrofe que predecía la ruina total. De nuevo la diáspora es la solución. Las comunidades cristianas estaban allí y a ellas también les afecta el tema.

El evangelista aprovecha la circunstancia para echar una mirada hacia el futuro y universaliza la calamidad. Anuncia guerra de pueblos contra pueblos y grandes cataclismos. Además anuncia la persecución de los creyentes en Jesús.

Y es aquí donde uno se pregunta ¿dónde está la buena noticia? Cuantas páginas de la historia están escritas con sangre. Abres el periódico de cada día y dan ganas de cerrarlo. Nuestra propia historia diaria está también llena de combates entre el bien y el mal; o la de ser justos o ser aprovechados de las debilidades de los demás.

Hemos de decir que Jesús es realista. Proclama una buena noticia en medio del volcán de la historia donde hay lucha de poderes. Justamente Él viene a proclamar un camino de Justicia y de Paz. Un camino que es arduo porque incide en la estructura del corazón de cada persona. Es necesario cambiar del “ego” al “tu-vosotros”. Y eso no es fácil y hay muchos que no pasan por ahí, y torpedean todo intento de cambio porque no les viene bien a sus negocios. Y la diferencia de las armas es abismal. Unos trabajan con la palabra, la oferta, el perdón y la misericordia y los otros trabajan con la envidia, la venganza, la fuerza bruta y otras artimañas. La persecución y la muerte del justo suele ser moneda de cambio fácil en estas circunstancias.

Jesús lo sabe y anuncia esta realidad. Pero dice que esa realidad no es la última. Es solo penúltima. El poder de Dios está ya subyacente en esta historia; el Reino de Dios está germinando y llegará el día en que vendrá la Salvación total donde la muerte será vencida, y también todo dolor y toda injusticia. Dios es fiel. Por debajo de las apariencias existe una realidad que no pueden ocultar: la realidad de la acción de Dios permanente en favor de todos nosotros, pero de forma especial por aquellos que son los más desfavorecidos. Dios enaltece a los humildes.

La llamada última del evangelio es la que hay que tener en cuenta para elevar el ánimo y no pasar esta página del evangelio: “Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia  salvareis vuestras almas”.

A PERSEVERAR EN LA FE, LA ESPERANZA Y LA CARIDAD.

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