En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Santísima_Trinidad

Santísima Trinidad

Es la primera oración que aprendemos. Será porque es muy sencilla, pero también porque con ella hemos sido signados en nuestra hora bautismal. Signados, señalados, ungidos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Recorro algunos de los pasos que damos en la celebración de la eucaristía para hablar de la Trinidad desde esa perspectiva celebrativa.

Es la oración que abre la celebración eucarística y, dicho sea de paso, deben ser las primeras palabras que pronuncia el que preside la asamblea. La asamblea eucarística se constituye con esas palabras. El saludo del celebrante suele ratificar la realidad trinitaria que se hace presente en la eucaristía. “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros”.

Nos reunimos “en nombre de la Trinidad”. Reconocemos que estamos aquí convocados por la Trinidad. Hemos sido llamados. Dios nos convoca y nosotros respondemos a su llamada. Nos convoca el Padre como a “hijos”, el Hijo como a hermanos y el Espíritu nos hace vivir la filiación y la fraternidad en el abrazo del Amor.

Pero no estamos como representantes de la Trinidad, sino que es la Trinidad la que nos abarca, abraza y envuelve e introduce en sus “entrañas” de amor. Es la Trinidad la que habita en nosotros y nos transforma y hace suyos, quedando totalmente salvadas nuestras identidades personales. No nos diluimos en la Trinidad sino que nos movemos y existimos en ella.

La primera oración que sale de nuestra boca de convocados es la alabanza y la bendición. Glorificamos a la Trinidad marcando en cada persona su particularidad y grandeza significando sobre todo su “santidad” y “grandeza”. Pero una santidad y grandeza que desde el principio está en favor nuestro.

A continuación nos disponemos a acoger-escuchar la Palabra de Dios. Palabra que profiere el Padre en su Verbo, que es Jesucristo – el Hijo- y que interioriza en nuestro corazón el Espíritu Santo. Hemos de tomar conciencia de ello en cada eucaristía. Acogemos la Palabra con la alabanza y la glorificación a “Dios” y al “Señor”. Solo el que tiene el Espíritu de Dios puede llamar a Dios –Padre y a Jesús –Señor-.

Escuchada la Palabra y digerida en el corazón con la ayuda de la homilía, pasamos a profesar nuestra fe y reconocernos como Iglesia convocada. Renovamos nuestra fe que es la que nos identifica a cada uno como cristianos y seguidores de Jesús. Por tres veces decimos “Creo”. Primero en Dios Padre que es la fuente, el origen de toda la obra creadora que dese el principio está pensada para la “gloria” del Hijo en el Espíritu Santo.

Después proclamamos que creemos en el Hijo, que es Dios verdadero y que se encarnó por nuestra causa o en favor nuestro. El Hijo que pisa nuestra historia para hacer que esta historia nuestra se abra a la esperanza de la resurrección y la vida. Jesús ha vencido a la muerte resucitando al tercer día de entre los muertos y ha subido al cielo.

Finalmente proclamamos nuestra fe en el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo. Ese Espíritu que provoca el nacimiento de la Iglesia como Pueblo de Dios y Cuerpo místico de Cristo. Que es el lazo de unión que nos hace comulgar con el Santo y crea la comunión de todos los Santos. Ese Espíritu que renueva la faz de la tierra con el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la Vida Eterna.

Se abre paso al memorial en el que recordamos  la Pascua del Señor. Es la respuesta al amor del Padre manifestado en Cristo movido por el Espíritu. Nos unimos todos a Cristo en su oblación amorosa y obediencial al Padre haciéndonos también nosotros ofrenda con Jesús. Nos incluimos en su ofrenda o él mismo nos incluye. Es el Espíritu el que realiza este abrazo o unión. En el memorial pedimos que venga el Espíritu sobre el pan y el vino para que sean el cuerpo y la sangre del Señor y a la vez, pedimos que ese mismo Espíritu venga sobre nosotros para que nos transforme en ofrenda permanente, para que nos haga otros cristos, testigos del amor de Dios.

La comunión es la culminación de esta celebración eucarística. Cristo se hace pan para ser comido. Comer de su cuerpo y beber de su sangre  es consumar todo lo celebrado. Comemos un cuerpo entregado y una sangre derramada. Nos identificamos con el Hijo en todas sus actitudes hacia Dios, hacia los hombres, sus hermanos, hacia la historia y hacia el mundo. Somos otros “cristos” que queremos seguir las huellas de aquel que nos precede en todo; de aquel que es nuestro Camino, la Verdad y la Vida.

La eucaristía termina con la bendición trinitaria. Al inicio fuimos convocados; ahora somos enviados a las tareas ordinarias de la vida, de cada uno de nosotros, pero transformados o alimentados en nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. Lo vivido en la eucaristía ha de manifestarse al mundo. Hemos de evangelizar con nuestras vidas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.  Amén.

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