Padre, santificado sea tu nombre

homilia

En el Evangelio, Jesús nos enseña a orar el “padrenuestro”. Os invito a repensar las palabras de Jesús, y me aprovecho de las ideas de Benedicto XVI cuando comentó esta oración.

PADRE: Palabra consoladora. En ella se encierra toda la historia de la Salvación. Decimos Padre porque el Hijo es nuestro hermano y nos ha revelado al Padre.

Dios es Padre en cuanto que es creador del cielo y de la tierra. Todo nuestro ser viene de Él en un acto creador continuo con el que perdura la realidad de este mundo. Nuestro ser viene de Él. Le pertenecemos. Cada uno de nosotros (YO) somos queridos por Dios, elegidos, llamados por nuestro nombre. Somos imágenes de Dios.

Cristo es el Hijo único del Padre. Por la Encarnación asume la naturaleza humana y nos eleva haciéndonos partícipes de la naturaleza divina. Nos hace “hijos” en el Hijo. Somos “hijos” por adopción particular de Dios para con nosotros.

Llamar a Dios “Padre” equivale a aceptar nuestra filiación y nuestro querer vivir como tales hijos. Es vivir sabiendo que somos hijos y que todo lo del Padre es nuestro por su gran bondad para con nosotros. Vivir como hijos es entrar en obediencia al Padre porque lo que él quiera es lo mejor para mí. ¡Sin duda! Aunque tenga que pasar por la cruz.

Hemos de recordar que el pecado de Adam consiste en no admitir su filiación, du dependencia de Dios y por lo tanto querer vivir en la ausencia de Dios, haciéndose él como Dios. Cayó en la tentación del “seréis como dioses”.

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE

Pedirle a Dios que santifique su nombre es: Denunciar que tantas veces de Dios hemos hecho un guiñapo. Lo hemos manipulado, escondido, despreciado o velado. Lo hemos NEGADO. Una y mil veces hemos rechazado el AMOR que nos sale al encuentro.

Solos, no podemos santificar el nombre de Dios. Hemos de abrirnos a Él y dejarle hacer para que de verdad sea Dios. Reconocer su soberanía filialmente y ponernos nosotros en sus manos. Es una medida de reciprocidad de la que salimos altamente aventajados. Dejamos que el que de por sí es favorable, nos sea favorable a nosotros. Lo ponemos de nuestro lado.

VENGA TU REINO.

Estamos reconociendo el primado de Dios. Donde Él no está, nada bueno hay. Si desaparece Dios, desaparece el hombre y el mundo. El hombre se fundamenta  en Dios y alcanza su sentido, su plenitud en Dios. No olvidemos que Reino de Dios es igual a Señorío de Dios o lo que es lo mismo que se haga siempre su voluntad. Su voluntad será el criterio de acción en este Reino. El reino y reinado del Corazón de Jesús tiene algo que ver con esto. En esta petición venimos a pedir un corazón dócil para que sea Dios quien reine en nosotros.

DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA.

El Señor sabe y reconoce nuestras necesidades y nos invita a llevarle a Dios nuestras preocupaciones. El pan ciertamente viene del trabajo del hombre, pero también viene “de lo alto”. No olvidar que nos es “dado” puesto que además depende del sol, la lluvia y tantas otras cosas y personas que se nos escapan.

Es necesario admitir que tiene que darse una “sinergia” mayor (acción de Dios) y menor (acción mía y de los demás: nuestra) para construir el mundo. Está claro (o debe estarlo) que las cosas creadas tienen su autonomía propia pero siempre están referidas a Dios (único absoluto) y por lo tanto deben ser agradecidas por nuestra parte.

Pedimos el pan para todos sin distinción de raza o color. Iguales derechos y deberes para todos los hombres. Esto incluye que estamos dispuestos a compartir de lo nuestro y a trabajar para que acontezca la llegada del “pan” a todos los pueblos. Quien pide el pan “para hoy” es “pobre”. La oración presupone la pobreza de los discípulos. Presupone que los discípulos han renunciado a las riquezas y seguridades. Ponen su confianza en el Señor. Les basta el pan de hoy porque cada día tiene su afán. “Mañana, Dios dirá”.

PERDONA NUESTRAS DEUDAS COMO NOSOTROS PERDONAMOS A NUESTROS DEUDORES

Presuponemos que “hay deudas” entre los hombres y entre Dios y el hombre. Las cosas no son como debieran ser.

La culpa (las deudas) puede ser superada solo por el perdón y nunca añadiendo más leña al fuego: lo cual origina “cadenas” de culpas .

Dios es perdón porque ama, pero su perdón puede ser eficaz en aquel que entra en la dinámica del perdón.

No enunciamos una condición previa de nuestro perdón: (“como nosotros perdonamos”). Dios nos ha amado con amor de misericordia desde SIEMPRE y por SIEMPRE. Dios es “Amor primero” por su creación, por su elección y por su salvación (misterio revelado en Cristo). El amor de Dios no está condicionado a nuestros actos. Él va por delante

Hemos de tener en cuenta lo siguiente: Perdonar no es solo “olvidar” o “pasar por alto”. Perdonar es sanar, restañar, rehacer, resucitar. Por eso decimos:

El perdón tiene su precio:

-Para el que perdona: Debe rehacer su intimidad. Debe quemar todo resquicio, todo rastro, toda memoria de lo acontecido. Debe volver a fiarse del otro…. (Amigo, con un beso…).

-También el culpable debe sanar y purificar. Debe volver y reiniciar caminos (volveré junto a mi padre).

Los dos reinician una vida nueva.

Dios para curarnos y perdonarnos ya ha “pagado” dándonos a su Hijo hasta la muerte en cruz: “Tanto amó Dios al mundo…” (Juan 3,16). Es el precio del amor herido que perdona. Está dispuesto hasta el límite. El pecado afecta a Dios de tal forma que “lo cambia” a Él y sus planes. Y Dios está dispuesto a ello… y lo hace adelantándose para hacer su oferta de reconciliación. Podemos decir en verdad “Ya estamos perdonados”. Estáis reconciliados con Dios.

Nosotros, en primer lugar hemos de estar agradecidos y de inmediato ponernos a la tarea del perdón: Dejarnos reconciliar por Dios y hacer como Él ha hecho con nosotros. En la oración nos unimos a la fuerza perdonadora de Dios en Cristo y así podremos ser testigos de la reconciliación.

Y NO NOS DEJES (PONGAS) CAER EN TENTACIÓN.

En la petición le decimos a Dios que “somos débiles; que no nos deje de su mano y que esté a nuestro lado en la prueba. Esa es ya nuestra convicción, porque Dios es fiel y no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas (1 Cor 10, 13).

Además, en esta petición le pedimos al Padre que no caigamos en la tentación. Quizás una tentación con nombre propio e incluso la única tentación de verdad. Es la tentación que sufrieron los israelitas en el desierto cuando Masá y Meribá:  “¿Está o no está Dios en medio de nosotros?”.  Dudar de Dios es negarlo ya. Es dejar de cumplir el primer mandamiento y por tanto toda la Ley y los Profetas. Esta será también la última tentación que hemos de sufrir en el momento crucial de nuestra vida: el momento de la muerte. Jesús la sufrió en la cruz. Experimento la ausencia y el abandono de Dios: pero no negó de Dios. Que alguien te abandone significa que todavía sabes que te ha dejado y está en otra parte.  Dudar de Dios o negar a Dios es lo mismo.

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