Humildad

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“El que se ensalza será humillado; el que se humilla será enaltecido”. Hablar de HUMILDAD en estos tiempos modernos es hablar de “música celestial”; hablar de algo cuyo contenido se nos escapa y no se valora en absoluto. Es cosa de otros tiempos. Hoy día las “celebridades” que marcan la historia son los grandes deportistas o famosos del cine o de la tele; o de las series que se tragan en capítulos en las tablet o móviles. Ser famoso marca tendencia y emulación. Y, no es por nada, pero fíjense la de valores y bondades que produce el futbol o cualquier otro deporte para el progreso de la humanidad. A qué pocos les atrae una vida entregada al servicio de los demás, llámese esta Teresa de Calcuta o Francisco.

El éxito de los triunfadores se ha convertido en manual de conducta. A todos nos fascinan los primeros puestos y nuestro imaginario social está montado de tal forma que lo que buscamos es crear “números uno” de cualquier especie. Se valora el éxito y se esconde el fracaso. Como si el éxito produjera de por sí la felicidad absoluta y el fracaso fuera la perdición absoluta. 

El evangelio anda por otros derroteros. Va “a la contra” de muchas corrientes, porque estas llevan justamente a la deshumanización y al radical fracaso de la vida.

La humildad es la verdad. Santa Teresa dice acerca de la humildad: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad”.

Y la verdad es que soy “humus”, barro, tierra. Yo, por mí mismo, no soy nada. Es la mayor verdad. No tengo nada de qué presumir. Todo lo que soy me es “dado” o “regalado”. No solo al principio de mi vida sino en todo momento y lugar.

Soy “regalo” de Dios. Es San Agustín quien escribe eso de: “¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios. ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva. Tarde te amé! Agustín busca el fondo de su ser, el sentido de su vida  y lo encuentra solo en Dios que es el hontanar de todo lo que existe desde el Amor que llama y crea. El hombre solo, sin Dios queda desnortado y desfondado. Nada vale si no es referido a Dios y solo Dios es el dador y mantenedor de mi ser, de mi yo. Ante Dios debo ser agradecido. Solo desde Él podré hacer obras grandes. Pero sin perder nunca de vista donde está la fuente y el manantial de todo. 

Aquí, puede alguno decir que siempre acudimos a Dios. Los no creyentes, no acuden a Dios. Creo sinceramente que lo tienen bastante difícil para salvar al hombre de su radical dependencia o radical indigencia. Si matamos a Dios, o surgen ídolos sustitutorios, o matamos también al hombre.

Pero no solo somos “regalo” de Dios. También somos regalo de todo lo que encontramos en nuestro derredor. Somos regalo de nuestros padres, de nuestra familia, de nuestra sociedad, de nuestros amigos y compañeros. No existe ni un Robinsón Crusoe “limpio”, ni un “niño salvaje bueno”. Somos fruto de múltiples relaciones que se nos entregan muchas veces desde la gratuidad. Todo nuestro bagaje biológico y cultural lo hemos recibido o asimilado del entorno.  Constatamos que todos somos de la misma “pasta”. Todos podemos observar que muchas de las diferencias que se dan entre nosotros, se dan por no haber respetado nuestra radical igualdad. Unos pocos se han creído que son la flor y nata de la sociedad y han creado fronteras y diferencias para mantener su privilegio o desigualdad. La humildad nos invita a pisar tierra y partir desde esa horizontalidad que es la igualdad. El evangelio nos invita a considerarnos todos iguales y hermanos. Por eso habla de la primacía del amor. Habla de ser los primeros en el servicio y la entrega. Ser los primeros en invertir a fondo perdido en favor de los demás; habla de que el que quiera ser el primero, que se ponga al servicio de todos.

Las recomendaciones que Jesús da a su anfitrión para cuando vuelva a dar otro banquete, son una invitación a que ponga su ojo en los que hay que poner a valer. Es necesario fijarse en aquellos que nuestra sociedad ha puesto en el margen. En el evangelio hay una opción descarada por “los últimos”. Y no es porque sean mejores, sino que son los que sufren la anti-fraternidad.

El evangelista está mirando también la comunidad eclesial que está surgiendo en aquellos años. Comunidad eclesial que debe ser reflejo de la comunidad del Reino de Dios. Y en esa comunidad empiezan a colarse las ambiciones personales y un inicial carrerismo.

La eucaristía debería ser el sacramento donde se alimenta la verdad y la humildad. De hecho celebramos la máxima humillación o despojamiento del Hijo de Dios en favor nuestro para que todos seamos revestidos de la vida nueva que es el mismo Cristo resucitado.

P. Gonzalo Arnáiz Álvarez, scj.

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