Renovemos la imagen de Dios

Homilía

Vamos a contemplar la parábola del “Hijo pródigo”, utilizando, por mi parte, unos apuntes que saqué de una charla de ejercicios espirituales de hace dos años. Deseo que sea provechoso para profundizar en la imagen que de Dios vamos teniendo a lo largo de nuestra vida. La parábola la conocemos como la “del hijo pródigo”, pero debería llamarse la del “Padre misericordioso”.

Esta parábola es el reflejo de la humanidad que se resiste a Dios. El drama de la humanidad es resistirse a ser “hijo” de Dios. Si no acepto que soy “hijo”, difícilmente (imposible) creceremos en fraternidad.

En la parábola lucana, ninguno de los dos hijos quiere ser “hijo”.

El hijo menor decide marcharse de casa. Rechaza su ser hijo y hermano. Quiere hacer su vida y dilapida sus bienes, que no eran “suyos”. Por pura necesidad piensa en volver a casa. Pero se hace un discurso muy interesante. “Ya no merezco ser hijo tuyo”. Puede parecer un arrebato de humildad. Pero lo que está haciendo es rechazar el ser hijo para “ser siervo”. Es más fácil ser esclavo, siervo, obrero, que ser hijo. El ser siervo, se mueve por otros criterios distintos a los de fliciación. Se da con el amo una relación mercantilista. Te doy para que me des. Yo necesito tu dinero y tú mi trabajo. Al final del día, me pagas y cada uno en su casa. Yo hago mi vida y tú la tuya. No hay cordialidad, no hay gratuidad, no se da la relación de la donación mutua.

El ser “hijo” supone cambiar totalmente de parámetros. Ya no rige el comercio sino el don, la oblación, la gratuidad, la ayuda mutua, desde el  núcleo que es el corazón o el amor.

El gran drama de Israel es no aceptar ser “hijo”. Nunca llega a fiarse de Dios como Padre y por eso cae en las tentaciones. Quiere o prefiere volver a Egipto, a la seguridad de las cebollas y el trigo, y no seguir adelante caminando hacia la tierra prometida. Una promesa basada en la fidelidad de Dios, pero que supone travesía del desierto, tentaciones, luchas, o bien olvidar la promesa y  quedarse en Egipto como esclavos, pero con comida. ¿Y nosotros?

El segundo hijo, aunque se queda en la casa tiene la misma estructura mental que el pequeño. Éste, en el relato, nunca utiliza la palabra “padre” ni “hermano”.  Dice: “En tantos años que te sirvo sin desobedecerte”. “Sirvo”. Habla de una relación servil. Está en casa no como hijo sino como siervo. “Desobedecerte”. Obediencia servil. Obedezco porque espero sustituirte un día. Obedezco porque me interesa para el futuro. Sueña con un cabrito para hacer una fiesta con sus amigos. En la casa no hay fiesta. La fiesta, es fuera con sus amigos. Ahí está su corazón y no en la casa del padre. Su felicidad está fuera. ¿Y nosotros?

Tanto el hijo mayor como el pequeño dinamitan los cimientos de la casa. No han intuido, o no han querido intuir o ver o aceptar al padre que tienen.

Pensando un momento en Adán y Eva, vemos  que cuando ejercen su libertad y meten la pata, se esconden. Tienen miedo de Dios. Miedo. No han permitido a Dios ser Dios y ahora temen que les castigue con la muerte. No reconocen un Dios “padre” sino un dios justiciero. Siguen la lógica judiciaria del ojo por ojo. No dan espacio al Padre Dios.

La parábola de los dos hijos, nos deja a un padre solitario o frustrado. No hay final feliz. No sabemos qué pasó después. Nos toca a nosotros realizar el final. Ciertamente hay un amor no correspondido. Falta hacer un camino de correspondencia a ese amor. Pensemos que Jesús es el “Hijo” que hace el camino de amor filial llevado hasta las últimas consecuencias.

PEDAGOGÍA DEL PADRE

Digamos que hace 5 cosas. Todo lo que hace es el antídoto para que no nos quedemos paralizados. Para que sigamos caminando.

LO VIO.  Lo vio porque estaba atento oteando el horizonte. El padre siempre esperaba activamente la vuelta del hijo. No se dedicó a otras cosas despistándose u olvidándose del hijo. Siempre mantuvo la tensión hacia una salida de esperanza. Podemos decir que nunca dejó de fiarse de su hijo y estaba seguro de su vuelta.

SE LE CONMOVIERON LAS ENTRAÑAS.

La realidad de la visión del hijo, no se queda solo en el intelecto, en la constatación de una cosa. Toda la persona se ve afectada. Se somatiza esa esperanza o ese acontecimiento. Las entrañas, las vísceras, los redaños, el corazón. El padre cordializa al hijo. Nunca ha estado ausente de su corazón y ahora con renovado motivo. El hijo sigue latiendo siempre en el corazón del padre. Podemos decir que el padre permanece permanentemente preñado de esperanza. El padre ve con compasión. Se pone al nivel del hijo. No condena ni lo estigmatiza.

ECHÓ A CORRER

El sentimiento se direcciona. Tiene vida. No es abstracto. Le pone pies. El padre hace “éxodo”. Sale de su lugar, de su situación y se mueve. Solo el misericordioso es capaz de hacer éxodo y situarse al lado del otro, del pequeño, del necesitado.

El papa Francisco habla de la ternura; que es tender al otro. La ternura no se queda en casa, sale y va al encuentro del otro. Hace falta realizar un cambio de posición para tender al otro. La ternura es cosa de los “fuertes”; no es ninguna debilidad. La ternura es paterno-materna. No es exclusiva de un género. No es ninguna debilidad ni desdice de nadie. La ternura te saca de tu egoísmo, que te dice que no te involucres en el otro, que pases de él, que no te dejes afectar por la necesidad del prójimo.

LO ABRAZÓ

El padre reduce al mínimo la distancia. Es casi una encarnación en el otro. Se funde en el otro. Quiere hacerse “otro”, o hacer que el otro sea yo. Padre e hijo se juntan. No hay otro espacio. ¡Qué bueno es saberse abrazado por el Padre!

Pero el hijo puede pensar que es el abrazo del oso, o de la anaconda, un abrazo que estrangula, un abrazo que mata o ahoga. Hay que desvanecer esos miedos. ¿Cómo?

LO BESÓ

Del ver al besar hay un recorrido. El beso en Israel es igual a sellar una Alianza. El amado y la amada sellan alianza en el beso. Es un signo matrimonial. Es signo de una inquebrantable ternura. El hijo es abrazado desde el amor incondicional de padre.

Es una pedagogía muy concreta esta del padre. Este es el padre verdadero y este es el verdadero patrimonio (mucho más que la hacienda).

El núcleo de la Torá y de la Ley en el A. Testamento es justamente este: “Descubrirnos contemplados por Dios”. Un Dios que ve, se estremece, se levanta, corre, abraza y nos besa. Lo que Dios más mira, lo que mejor mira y donde más se deleita es contemplándonos a nosotros.  Le entristece el no vernos. “Dónde estás” es la pregunta que lanza en el Edén a nuestros primeros padres después del pecado. “No os veo”. Pecado es justamente esconderse de Dios o no asumir la responsabilidad de ser hijos.

El Señor nos invita a vivir en medio del jardín (Edén) y que no aceptemos otras alternativas que nos llevan a estar desnudos, a deshumanizarnos, a perder la casa.

Preguntas para la Cuaresma en nuestro camino de conversión.

¿Hacia dónde corremos?  Nos dirigimos ¿Al refugio? ¿Al desastre? ¿Hacia el Padre?

¿Desdecimos a Dios? Vamos al encuentro del pecado o nos situamos cerca del marginado.

¿O estamos en la cultura del narcisismo? Corremos para estar más guapos, más ágiles, más fuertes, más aparentes, más saludables, pero centrados en el ego. Culto al cuerpo o al ego.

Hay personas cómodas de abrazar, pero a otras personas no tanto. Incluso nos pueden repeler. Recordar como San Francisco besa al leproso.  Hay veces que hemos de hacer alianza con realidades duras. Hemos de asumir destierros o personas desterradas.  ¿A quién tengo yo que besar?

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