La Puerta Estrecha

homilia-22-agosto

La lectura del Profeta Isaías (66, 18-21) abre unas esperanzas de futuro maravillosas. Es un canto a la libertad y a la universalidad. Todas las naciones invitadas al gran encuentro con el Señor en el Monte Santo de Jerusalén. Y en esta ocasión hasta parece que desaparece el tufillo centralista de Israel que pretende que todos tengan que pasar por su credo. Cada pueblo que viene llega como lo que es; y de ese pueblo Dios elegirá entre ellos a sacerdotes y levitas. Sacerdotes y levitas que ya no serán de la Tribu de Leví, sino que serán forasteros. Repito que todo esto me parece un aldabonazo novedoso en la jerga profética y que es un llamado a abrir puertas y a convocar a todas las gentes para participar en las bondades del Reino de Dios inaugurado por Jesucristo.

Por un momento mi mente imaginaba al próximo Sínodo sobre las tierras amazónicas, y pensaba que a lo mejor se podrían elegir entre ellos a sacerdotes y levitas encuadrados en su propia cultura.

El optimismo al que invita la primera lectura parece opacarse con lo que se proclama en el Evangelio donde Jesús introduce un crudo realismo. Sus coetáneos están preocupados por el número de los que se salvarán, dando por supuesto que serán solo los hijos de Abraham, o algunos de entre ellos.

Jesús, en su respuesta, rechaza el cálculo o el número. Rechaza que la salvación sea una especie de rifa o lotería con la que uno se topa por el azar, la casualidad o la pertenencia a una determinada estirpe, raza, iglesia o cofradía. La Salvación es Don de Dios. Pero es un Don universal. Dios quiere que todos los hombres se salven. Dios ha creado el mundo entero para la “salvación” de todo el mundo. Pero claro está, la salvación del hombre debe ser humana. Es decir debe ser una salvación buscada, querida, asumida y trabajada. La salvación no es otra cosa que llevar nuestra vida a plenitud y esa plenitud de “humanidad” viene de la combinación del don de Dios y de la tarea del hombre. Una tarea que es siempre respuesta movida de antemano por la gracia-amor de Dios que nos llama y convoca, atrae, acompaña y lleva hacia esa plenitud.

Por eso Jesús habla de esfuerzo, de tarea. La puerta estrecha es imagen que se opone al “ancha es Castilla” de nuestro refranero. Hay que trabajar para entrar por esa puerta. Hay que convertirse y hacer la andadura del mismo Jesús.

Por esa puerta no habrá que entrar a puñetazos o derribando al que está en nuestro derredor. Sería agarrar el rábano por las hojas en la imagen de la puerta estrecha. Jesús camina con “los doce” y alguno más hacia esa puerta estrecha. No va solo. Quiero decir, que Jesús invita a hacer el camino en comunidad-iglesia de convocados. El ultimísimo tramo lo hemos de transitar solos porque mi opción fundamental es intransferible. Pero aún en ese tramo, si vamos juntos hacia él, si caminamos en comunidad fraterna por estos caminos de la vida, no estaremos “solos” porque la “comunión de los santos” no nos abandona. Dios con nosotros siempre y el resto pujando para que lleguemos a buen término en nuestra travesía.

Jesús nos invita a no descuidarnos en el camino de la vida y a no equivocarnos a la hora de querer asegurarnos la “salvación”. No hay ni enchufes ni privilegios. Todos tenemos las mismas posibilidades y las mismas armas para llegar a la salvación. Necesitamos quererla y buscarla. Y eso supone constancia en la tarea de realizar el camino que lleva hacia esa Salvación.

P. Gonzalo Arnáiz Álvarez, scj. 

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