Los dones de Dios son irrevocables

Homilía - 20 agosto

Todos tenemos la tentación de cerrar fronteras a todo lo novedoso y extranjero y a querer atrapar a Dios y ponerlo siempre de nuestro lado en contra de los demás. Una tentación que es tan vieja como el hombre y que la Biblia recoge estas situaciones. Profetas como Isaías 56, 11 – 7, se atreven a decir cosas distintas y a intuir que el Dios de Israel puede que actúe fuera de sus fronteras y de que otros pueblos están invitados también a la comunión con Él.

El mismo Jesús, por lo que dice el evangelio de hoy, afirma que su misión parece quedar cerrada en las fronteras de Israel; aunque toma el riesgo de marcharse o salirse de esas fronteras y se encuentra con la mujer que le ayuda a cambiar de perspectiva. Para mí, (puede que no esté en lo cierto) es un claro progreso en la fe de Jesús que se va haciendo o madurando en los distintos sucesos por los que atraviesa. Esta mujer, en el diálogo, muestra una fe muy grande y una confianza mayor. Esa fe no puede ser más que obra del Espíritu Santo por lo que las fronteras de la acción de Dios llegan más allá de los hijos de Israel y por lo tanto la misericordia de Dios que se manifiesta en Jesús, alcanza a la cananea y su hija y en ella a tantos cananeos que en el mundo andamos. Pablo nos llamará “gentiles” o “gentuza” que debe ser lo mismo. A nosotros también nos llega la acción salvífica y misericordiosa de Dios que no tiene límites de espacio ni de tiempo.

Por otra parte quiero insistir en la frase de Pablo: Dios no retira sus dones o “Los dones y la llamada de Dios son irrevocables”. Una frase para pensar, gozar y agradecer. Saber que todo es “Don” irrevocable que me lleva también a mí (nosotros) a ser tarea. Que sería más o menos aquello de Isaías “Guardad el derecho y practicad la justicia”. Dones de Dios son la vida. Primer don e irrevocable. Dios es Dios de vivos y no de muertos. Nos llama a la vida para la Vida. La muerte ha sido vencida. Un motivo de esperanza, aunque nos duela esta vida, con la enfermedad y la ancianidad. Dios con nosotros siempre. Don y tarea de cuidar la vida cumpliendo el Derecho y haciendo o trabajando por la justicia de todos. Don de Dios es la vocación bautismal que nos hace “cristianos” o hijos en el Hijo. Don y tarea de ser testigos del amor y profetas de la reconciliación. Constructores de paz y de justicia. Algo que incomoda y que nos saca de nuestras rutinas y comodidades, porque nos lleva a la solidaridad con los pequeños y los pobres. Don de Dios es la vocación particular de cada uno: matrimonio, sacerdocio, vida consagrada. Don y tarea de cada uno es cuidar estas vocaciones viviéndolas cada día como novedosas o como nuevas. Hoy es el día en que debo responder o tengo la tarea de vivir mi fidelidad a mi vocación concreta. Ser sacramento de la donación mutua, ser sacramento del servicio y de la entrega para confirmar en la fe a los hermanos, ser signos de la llamada universal a la fraternidad y de que el Reino futuro se puede vivir ya en presente.

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