Transfiguración del Señor

JERUSALEN NAZARET 317

Me ha gustado el símil que utiliza San Basilio para hablar de la Encarnación: “¿Cómo está la deidad en la carne?: Como el fuego en el hierro: no mudando lugares, sino derramando sus bienes; que el fuego no camina hacia el hierro, sino, estando en él, pone en él su cualidad y, sin disminuirse en sí, le hinche todo de sí y le hace partícipe. Y el Verbo de Dios de la misma manera hizo morada en nosotros sin mudar la suya y sin apartarse de sí”. Este “fuego” divino  escondido en la humanidad, resplandece por un momento en el Tabor.

Jesús ha hablado claro ante los suyos y les dice que va a ser un mesías sufriente, un mesías como el Siervo de Yahvé del que habla el profeta Isaías. Va a padecer mucho y va a morir entregado por los hombres. Este anuncio de Jesús hace caer por los suelos el ánimo de los discípulos que habían soñado con altos cargos e “ínsulas”. Jesús ve que necesita darles ánimo y motivos para la esperanza; necesita fortalecer su fe y evitar abandonos. Es por eso, que de inmediato elige a tres de sus discípulos – los mismos que estarán cercanos a Él en Getsemaní- para llevárselos a la montaña alta y transfigurarse ante ellos. Les descubre por decirlo de alguna manera el final del túnel. El tránsito por la pasión y muerte desemboca en la Resurrección.

El prefacio de este día resume muy bien el sentido de esta fiesta: “Cristo nuestro Señor, manifestó su gloria delante de unos testigos predilectos, y revistió con gran resplandor la figura de su cuerpo semejante al nuestro, para arrancar del corazón de los discípulos el escándalo de la cruz y manifestar que, en el cuerpo de la Iglesia entera, se cumplirá lo que, de modo maravilloso, se realizó en su Cabeza”.

Jesús elige la montaña como lugar del encuentro con Dios. Está claro que Dios está en todas partes. Pero hay lugares que favorecen este encuentro. La montaña supone un esfuerzo en el caminar y un alejarse del “mundanal ruido”. Supone dejarse abrazar por la inmensidad del paisaje y la normalmente frondosidad del bosque; supone “oír el silencio” y abrirse a la interioridad de cada uno. Supone o facilita el encuentro con el trascendente y/o con Dios.

En la vida de Jesús hay montañas particulares: La del sermón del monte, la del Tabor, la del Calvario y la de la Ascensión. Momentos estelares de su vida. La del Tabor nos recuerda mucho a la montaña del Sinaí, del Antiguo Testamento.  Como entonces hay truenos y relámpagos o luces –Jesús se hace luz- y también hay Palabras o Revelación de Dios. Si en el Sinaí hubo diez palabras, en esta ocasión hay una sola voz que proclama y establece a Jesús como Hijo y como Legislador.

ESTE ES MI HIJO, EL AMADO, EL PREDILECTO. ESCUCHADLE

Ahí está la revelación máxima por parte de Dios-Padre sobre su Hijo. No se puede decir más en tan pocas palabras. Proclama a Jesús como Hijo, su único hijo. Jesús es el Hijo de Dios. Jesús es el amado de Dios. En Él se manifiesta todo el amor del Padre; un amor que nos llega a nosotros a través de ese mismo Hijo. Este Hijo será el revelador del Padre y de todo su proyecto de Salvación para con los hombres. Es necesario Escucharle. Él es la Verdad, el Camino y la Vida.

San Pedro nos comenta en la segunda lectura: “Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada. Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones”.

A Jesús no le vamos a ver “transfigurado”, pero vamos a oír su Palabra. Esta Palabra se hace “lámpara que brilla en la oscuridad”. A nosotros nos llega el testimonio y la palabra de Jesús y sobre Jesús desde los evangelios y las cartas apostólicas. Abramos el corazón a esta Palabra y fiémonos de ella. Jesús es la Palabra encarnada y en ella nos llega la Salvación.

La Transfiguración, por la Pascua, no queda en Jesús sino que llega a toda la iglesia, a todos nosotros. En Jesucristo hemos recibido las primicias de la Vida. En Jesucristo, toda la humanidad ha sido transida por el fuego del Espíritu; toda ella, aunque sea en “dolores de parto” va caminando hacia la transfiguración total de la resurrección y de la vida eterna.

Vivamos el acontecimiento de la transfiguración como algo nuestro y de hoy. En el bautismo fuimos injertados en Cristo y transfigurados. Hoy en la Eucaristía celebramos su Pascua, escuchamos su Palabra y comemos de su cuerpo y sangre transfigurados y resucitados. Todo esto nos transfigura y resucita a nosotros hoy y nos hace vivir encaminados hacia la montaña santa de la Ascensión, sabiendo que hemos de pasar por la montaña del Calvario, pero sabiendo también que él nos precedió y que abrió el camino hacia el encuentro con Dios de forma definitiva.

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