Vocación

LO JÓVENES Y LA VOCACIÓN

Reflexión del Cardenal Arzobispo de Sevilla sobre la vocación.

"La forma de llegar a la meta puede ser distinta, pero el llamamiento siempre proviene de la misma voz: Jesucristo. Ayer fueron los apóstoles, el joven acomodado que buscaba el verdadero camino de su vida, y el apóstol Pablo, que de perseguidor fue llamado a ser un incansable ministro del Evangelio.

Ahora, nos encontramos con situaciones muy parecidas. Cristo y la Iglesia necesitan apóstoles, evangelizadores, sacerdotes, y el Señor va entrando en el corazón de muchos jóvenes para decirles: ¡ven y sígueme! Como el del Evangelio, nos encontramos con jóvenes que tienen encima una serie de hipotecas que les cuesta trabajo dejar: su libertad, condicionada tantas veces por el capricho y el egoísmo. La comodidad que les hace esclavos del estado de ánimo; El miedo a un compromiso serio y para siempre.

Suelen quejarse, especialmente los jóvenes, de no tener las cosas claras, muchas ambigüedades, interrogantes, conductas difíciles de comprender… Sin duda, habrá que buscar la orientación y la luz, pero en la fuente auténtica del conocimiento que es la Palabra de Dios. Acercarse a ella, reflexionar, hacerla propia y tenerla como norma de vida. Entonces cambia todo. Ya se sabe qué camino hay que tomar, qué deseos y aspiraciones son los que se quieren alcanzar, qué ayuda es la que se nos debe prestar.

Cristo es quien llama. No podía ser de otra manera: Él ha fundado la Iglesia y necesita servidores para que pueda llevar a cabo su obra evangelizadora. Es decir, anunciar el Evangelio y servir a todos en la caridad, particularmente a los enfermos y a los pobres. Las formas de hacerlo serán distintas, pues si son muchas las necesidades, variados han de ser los ministerios.

Cuando a un joven le propone su misma conciencia, ayudada por algunas personas – sacerdote cercano, catequista, amigo – la posibilidad de iniciar el camino de la preparación para ser sacerdote, para hacerse "seminarista", surge más la perplejidad que el rechazo: ¿Por qué a mí? ¡Porque Cristo te necesita! Si no te quisiera como servidor de su Iglesia, no habría puesto ni ese deseo en tu corazón, ni a esa persona en tu camino. Puede costar, y mucho, tomar una decisión tan importante. No estás solo. Dios te acompaña. A tu debilidad, Él pone su bondad y su fuerza.

El seminarista lleva una vida entregada, por completo, a prepararse para realizar la vocación sacerdotal a la que ha sido llamado. Lo cual, ya desde un punto de vista meramente humano, es algo importante y que produce una felicidad serena y alegre: ¡Sé lo que quiero y estoy trabajando por conseguirlo! Dios y las personas que están cerca te ayudarán para alcanzar la meta, que no solamente es la de ser sacerdote, sino la de servir, como Cristo, a la Iglesia y a la sociedad.

Como es fácil de comprender, una vida llevada de esta manera conduce a una felicidad peculiar: la de la santidad. Es decir: estar siempre pendiente de la voluntad y el querer de Dios. Se terminaron las dudas, las ambigüedades y el desconcierto. Ya se lo que deseo: lo que Dios quiera de mí.

El Seminario es, ante todo, casa de oración, donde se busca, en la Palabra de Dios, la luz y la fortaleza que necesitan los que han sido elegidos y llamados para ser sacerdotes. El estudio es fundamental para conocer la "ciencia de Dios" y poder transmitírsela a los demás. Pero también, el Seminario es una escuela donde se aprende, en la convivencia de cada día, el mandamiento nuevo del amor fraterno, del servicio a los demás, de la caridad sin límites ni fronteras.

Que necesitamos la colaboración de y la ayuda de todos, es más que evidente. El reconocimiento y apoyo a los formadores, acompañar y animar a los seminaristas… Y la ayuda económica, imprescindible para que se pueda llevar adelante una obra tan necesaria como es la del Seminario.

Ante todo, lo que os pedimos es que no dejéis un solo día de dar gracias a Dios por los sacerdotes, y por los que se preparan para serlo. Que pidáis abundancia de vocaciones y que el Señor abra los oídos para escuchar la voz de la conciencia que llama a una vocación sacerdotal. Para los seminaristas, el regalo de la perseverancia y de la santidad. Que la Santa Virgen María cuide siempre de los que su Hijo ha llamado para servirnos a todos.

 

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